Jugando con Mosi

Me encantan los días de mucho calor porque, por la tarde, cuando ya no me asfixio bajo el sol ni tengo que buscar la sombra, la tía Marta me saca a pasear y vamos a un montón de parques que no es el parque donde hago pises y cacas por las mañanas, cuando la tía va dormida. Así encuentro un montón de nuevos olores y hago nuevos amigos, porque a mí me gusta conocer a nuevos perritos, y olerles el culo, y mear en la hierba, y que ellos me huelan el culo, y meen también en la hierba. Y, si todo va bien, nos hacemos amigos y jugamos a correr de un lado a otro, y la tía Marta me mira desde lejos y sonríe un montón, y yo la miro para ver dónde está.  Y, como siempre está allí y nunca se va, puedo seguir jugando con mis nuevos amigos.

Hoy, como hacía mucho calor, la tía Marta me ha llevado a un parque enorme, lleno de perritos y de niños que me querían tocar mientras decían guau, guau. Y allí he conocido a Mosi. Mosi es una perrita que huele la mar de bien y a la que le encanta jugar. Y nos hemos revolcado en la hierba, y me ha babeado la cabeza, y yo me he puesto encima de ella, y luego hemos corrido un montón por la hierba, y luego me he tumbado yo, y la he seguido todo el rato, y la he olido una y otra vez, porque Mosi huele la mar de bien. Y, después de un montón de carreras, me sentía muy cansado y muy feliz a la vez, y la tía Marta me ha mirado fijamente y se ha reído un montón, porque decía que tenía cara de tarado. Y me ha llevado a una fuente y ha cogido agua con sus manos como cuenco y me ha dado de beber, y luego hemos seguido paseando y hemos vuelto a casa a comer las sabrosas bolitas.

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Las vecinas de la tía Marta

Creo que las vecinas de la tía Marta están locas, porque siempre que me ven se ríen un montón. Cuando salgo de casa moviendo el rabo sin parar, con la correa cogida entre los dientes para que la tía se acuerde de que tenemos que ir a pasear, espero en el descansillo a que la tía Marta cierre la puerta de casa con un montón de llaves que hacen mucho ruido, y a que saque y meta de su bolso cosas mientras repite palabras raras en voz alta, como bolsas, cartera o móvil. Y, como tarda mucho, mientras aguardo ante las escaleras del portal, mirando a la calle, a veces aparecen las vecinas de la tía.

Hay muchas vecinas de la tía, pero todas se parecen porque me miran y se ríen sin parar, y dicen que soy un buen perrito y, si me acerco moviendo el rabo, con la correa entre los dientes, me acarician un montón. Y, si las sigo, se ríen mucho más. Como el otro día en que una vecina había tirado un calcetín por la ventana para poder bajar al jardín, y vino donde la tía Marta a pedirle la llave. Y la tía Marta le abrió y, como vi que iba al jardín y a mí el jardín de la tía Marta me gusta un montón, me fui con ella y la guié todo el camino. Y la vecina me miró y empezó a reírse un montón, y cambió la voz con la que le había hablado a la tía Marta, como yo si fuera un niño pequeño en lugar de un perrito mayor, y me tocó un montón. Y luego volvimos a subir, ella con el calcetín y yo todo contento, porque, aunque creo que las vecinas de la tía Marta están locas, me gustan mucho porque me tocan un montón.

 

La consulta del veterinario

Esta tarde la tía Marta y la tía Aran me han llevado al veterinario. El veterinario es un humano que viste raro y te toca sin parar, y te dice que te portas muy bien, y te mira en las orejas, y te toca el pito, y te mete un termómetro por el culo.

La tía Marta me ha llevado al veterinario porque dice que tengo una irritación al lado del pito que está muy roja y, como me rasco y me lamo, aunque me pongan crema y una camiseta de gasa, y el pito es el pito, como dice la tía Marta, pues hemos ido de paseo con el primo Galay y luego hemos entrado allí. En el veterinario huele a un montón de perros y de otros animales y, mientras esperas, una señora te dice que te subas a una baldosa blanca enorme, más grande que la que tiene la tía Marta en casa, y te dice que pesas 8,10 kilos. Y, aunque no sé muy bien qué es 8,10 kilos, como la tía Marta se pone contenta al oír eso, yo también.

Luego, te meten en una habitación con una mesa muy alta de color plateado, a la que no puedo saltar yo solo, y entra un humano que se llama Igor vestido raro. Entonces la tía Aran me sube a la mesa y la tía Marta me acaricia, y me ponen panza arriba. Y el humano vestido raro me toca el pito y le pregunta un montón de cosas a las tías, y me mete un termómetro por el culo, y como tengo poco más de 38 no sé qué, las tías se ponen muy contentas. Después, el humano me cepilla un montón por todo el cuerpo, y mira mis pelos, y también se pone contento. En el veterinario todos se ponen contentos, menos perrito cuando le rapan los pelos de al lado del pito, porque, como dice la tía Marta, el pito es el pito. Pero no me ha dolido nada, y el humano vestido raro me ha mojado con una gasa manchada con una cosa roja y luego me ha puesto una crema, y les ha dicho a las tías que eso hay que hacerlo cada doce horas. Y las tías han sonreído, porque la crema que me trajo la tía Aran sirve para lo mismo. Y todos nos hemos ido muy contentos. Y, como me he portado muy bien, cuando hemos vuelto a casa la tía Marta me ha dado un hueso de galleta o una galleta de hueso. Y me la he comido la mar de contento, porque el pito es el pito y el humano vestido raro dice que todo está bien.

Peloteando en el pasillo

Me encanta la pelota de tenis. Es mi segundo juguete preferido del mundo, después de bam bam, porque bam bam lo puedo morder, y romper, y agitar de un lado a otro; en cambio, la pelota de tenis sólo puedo cogerla con los dientes si abro mucho la boca y luego, si ladro, casi no se me escucha, y mi ladrido suena como si fuera de un perrito muy gordo que se encontrara dentro de una cueva muy profunda.

Sin embargo, yo creo que la tía Marta se divierte más con la pelota que con bam bam, porque cuando me tira la pelota se ríe mucho más, aunque no sé si se ríe de mí o conmigo, porque muchas veces la tía Marta me mira y se ríe sin razón. Y, cuando jugamos, la tía Marta me llama y me enseña la pelota, y yo me quedo muy quieto, con los ojos casi fuera de mis órbitas, esperando a que la lance por el pasillo. Y amaga una vez, y después otra, y yo empiezo a correr y vuelvo, porque la pelota sigue en su mano. Y luego me la tira, pero no me la tira recto por el pasillo, sino que hace que rebote de una pared a otra, y yo corro hacia un lado y luego hacia el otro, y doy vueltas sobre mí mismo hasta que consigo cogerla. Y regreso donde la tía Marta, moviendo el rabo y ladrando como un perro muy gordo en una cueva profunda, y la tía me tiene que quitar a la fuerza la pelota.

Pero otras veces la tira muy fuerte contra la pared de enfrente y, cuando voy tras ella, rebota y vuelve hacia atrás, y la tía Marta también corre por el pasillo y la agarra antes que yo. Pero no la agarra con los dientes, como hago yo, con la boca muy abierta, sino con las manos. Y me mira y se ríe un montón. Y yo muevo el rabo esperando que me vuelva a lanzar la pelota.

A dieta con la tía Marta

Mamá les dijo a las tías que sólo quería que, cuando ella regresara, perrito siguiera siendo perrito y que no se transformara en una enorme bola de Argi. Por eso, la tía Marta controla minuciosamente todas mis comidas y todas mis cacas y, si sospecha que en mis paseos o en mis visitas a otras tías he comido algo más que mis dos raciones diarias de sabrosas bolitas, me mira con recelo.

No sé por qué la tia Marta cree que yo iría, así por así, tragando algo más que mis dos raciones de sabrosas bolitas. A mí sólo me gustan las sabrosas bolitas. Bueno… y los bollos de leche. Y el queso. Y la carne. Y el pescado. Y la fruta. Y las aceitunas. Y el jamón york. Y la lechuga. Y los pinchos. Y la pizza. Y el chocolate. Y los yogures. Y el pan. Y las galletas. Y los huesos. Y algunas cosas más. Pero de ahí a desconfiar de un pobre perrito como yo encontrado en un gasolinera va todo un mundo.

Pero la tía Marta desconfía de mí y el otro día me llamó muy seria y me dijo que perrito parecía un poco más gordo de lo normal, aunque la tía Marta dice que, cuando estoy muy excitado, me pongo muy gordo, pero sólo de la emoción, y que entonces soy como la Tierra, achatado por los polos. Pero como en ese momento no estaba excitado, me dijo que me iba a pesar y empezó a reírse sin parar, mientras yo le observaba con atención sentado en el suelo, porque no sé muy bien qué es pesar. Y luego la tía vino con una baldosa blanca y me dijo que me subiera, y como yo no quería, me puso encima y me dijo que me quedara muy quieto. Y yo me quedé muy quieto, pero la tía Marta dijo que no valía, que así no se veía bien no sé qué. Y entonces la tía Marta se subió en la baldosa y aparecieron unas cosas rojas en una pantalla y lo apuntó en un papel y luego la tía Marta cogió a perrito y volvió a mirar las cosas rojas en la pantalla conmigo en brazos, y lo volvió a apuntar. Y después me dijo que a ver qué me había tragado y me miró de nuevo, y se volvió a reír.

 

Las curas de la tía Aran

Como la tía Marta estaba muy preocupada por mí, la tía Aran ha venido muy pronto esta mañana con un bote de crema y el primo Galay. El primo Galay es mucho más mayor que yo, le falta un ojo y, cuando la tia Aran no se encuentra cerca, se pone muy nervioso y se siente inseguro, porque sólo la tía Aran, que es la líder de su manada, consigue que el primo Galay se sienta como si no le faltara ese ojo y como si no tuviera todos esos años.

La tía Aran es muy buen miembro alfa, y me ha puesto panza arriba, y me ha tocado con una gasa mojada con una cosa que se llama suero al lado del pito, y luego me ha puesto la crema, y despúes me ha confeccionado una camiseta de gasa para que no me rasque ni me lama eso que las tías llaman irritación. Y, cuando me he levantado, he bajado la cola un montón, porque no me gusta nada que me pongan cosas raras en el cuerpo y que se rían de mí. Porque la tía Marta dice que parezco un maquinero, con la camiseta de gasa, y que soy un perrito tuneado.

Y luego la tía Marta se ha puesto muy nerviosa y ha gritado a la tía Aran que perrito tenía algo en el cuello, pero no en el cuello, sino en los pelos del cuello, y la tía Aran ha venido corriendo y ha dicho no sé qué de una garrapata, y de que estaba suelta, y de que estaba muerta, y la ha tirado. Y la tía Marta ha dicho que nada de que perrito vuelva al pantano, que la iba a matar a disgustos, y que a ver qué hacía perrito si la tía Marta se moría de un disgusto.

Y después ha pasado lo de la cama. Porque la tía Marta me dejó ayer domir en su enoooorme cama, porque me quiere un montón y porque le encanta chistarme cada vez que hago un amago de tocarme o de chuparme al lado del pito, y cuando ha ido a la habitación ha visto que esta noche había vomitado un poco, porque me sentía mal y he pensado que lo mejor sería vomitar. Y yo creía que la tía Marta iba a venir a regañarme sin parar, pero no ha sido así. La tía Marta se ha puesto muy blanca, porque encima de la cama había un hueso de paraguayo. Y la tía Marta ha venido donde mí con cara de susto y me ha acariciado un montón, y después ha suspirado. Y luego ha cambiado de tono de voz y me ha vuelto a decir que nada de volver al pantano, que mientras esté en su casa cumpla sus reglas, que cuando sea mayor y tenga mi propia casa que podré hacer lo que quiera, y que ahora entiende a la abuela Josefina. Y me ha dicho que me conoce desde hace dos años y medio y nunca me había pasado nada, y ahora en un día me pasaba todo a la vez, y que iba a acabar con ella. Y después me ha acariciado sin parar, porque la tía Marta me quiere un montón.

La final de la Copa

Esta tarde la tía Maite y la tía Juana me han llevado al pantano. Y, cuando hemos vuelto a Vitoria la mar de cansados, la tia Juana no me ha traído a casa, sino que me ha dejado en una calle repleta de gente donde me estaban esperando la tía Marta, la tía Olaia y la tía Aran. Y los cuatro nos hemos ido a casa de la tía Olaia, donde estaba el primo Lalo, para ver la final de la Copa del Rey del fútbol.

El fútbol es un deporte guay, porque se juega en un parque lleno de hierba recién cortada y muy fresca, y hay un montón de humanos que corren detrás de un balón, como hago yo cuando me tiran la pelota de tenis. Pero en lugar de coger la pelota con los dientes y volver contento moviendo el rabo, los humanos le pegan patadas con el pie y no mueven el rabo. Y tampoco mean en los banderines ni en las vallas de publicidad, que sería lo más normal. A veces no entiendo muy bien a los humanos.

La tía Olaia ha puesto un montón de comida para las tías Marta y Aran, pero el primo Lalo y yo sólo hemos tenido sabrosas bolitas y un pequeño hueso. Y, como la tía Marta estaba preocupada porque me pica al lado del pito, y me rasco y me lamo, y tengo una irritación, como dice la tía Juana, y todo eso, la tía Aran me ha llevado al baño y me ha puesto panza arriba y me ha limpiado con agua y jabón, y me ha secado un poco. Y, cuando estábamos en el baño, se ha oído gooool o algo así, y la tía Marta ha suspirado, porque a la tía Marta le gusta ver la tele cuando dicen gol.

Después, nos hemos puesto enfrente de la tele, que es esa caja rara que emite imágenes, sonidos y ruidos sin parar, y me he tumbado en el suelo para descansar, porque estaba muyyyyyy cansado. Y me he dado cuenta de que ha acabado el partido porque han sonado cohetes y el primo Lalo se ha puesto muy nervioso, y yo también. Y luego nos hemos ido a casa a dormir.