Paseos matutinos

A veces me preocupa la tía Marta. Cuando se levanta por las mañanas, anda como un perro vagabundo, sin rumbo ni destino. Yo me quedo en la cama esperando y cuando veo que ya está vestida, y sólo le falta calzarse, me acerco para lamerle las manos mientras intenta subirse la cremallera de las botas o atarse los cordones de los zapatos. Como me chista sin parar, insisto una y otra vez, porque seguro que le encanta que le chupe las manos. Seguro que por eso hace esos ruidos raros y repite mi nombre sin parar.  

La tía Marta me lleva a pasear muy pronto. O eso dice ella. Salimos pronto de casa porque la tía Marta trabaja en un sitio que se encarga de recaudar dinero para construir parques y jardines. Cuando me demoro entre los arbustos, olfateando a otros perros o me resisto a hacer cacas, la tía Marta observa su reloj con concentración, como si fuera un trozo de pizza Hawaiana recién horneada que sabe que nunca podrá comer. Luego suspira, me mira a los ojos fijamente y dice mi nombre. Y yo bajo la cabeza y hago lo que me dice. Porque la tía Marta es ahora el miembro alfa.

Luego, volvemos a casa, y me pone un montón de sabrosas bolitas para comer. Y cuando acabo, me pide que me tumbe en la camita de la cocina, me acaricia un montón y me señala con el dedo mientras repite: “ahí, ahí, ¿eh?, ahí”. Y yo la miro, atento, porque cuando te señala con el dedo el líder de la manada, debes obedecer. Después, cierra la puerta de la cocina y se va. Y yo me echo a dormir.

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