Los banquetes de la tía Marta

¡Yo también quiero!

El punto estratégico se encuentra en la camita del salón, justo debajo de la caja que emite imágenes, ruidos y voces sin parar. Si me tumbo en la camita de rayas blancas, azules y verdes y me vuelvo hacia el sofá, puedo verle a la tía Marta comer. Yo la miro fijamente, siguiendo el trayecto del tenedor desde el plato a la boca. Y luego desvío la vista hacia el suelo para ver si se le ha caído una miguita de pan o un poquito de queso o una fresa o una cucharada de nata o un trocito de pescado o un pollo asado entero. Porque si se cae al suelo es territorio Argi. Así que me meto debajo de la mesa antes de que pueda reaccionar, y lo succiono como un aspirador. ¡Glup! Del parqué al estomágo vía boca de perrito.

Pero la tía Marta no tiene educación, porque casi nunca se le cae nada al suelo. Así que mientras la observo comer, olfateo el aire y me relamo. Y si me mira a los ojos, me acerco moviendo el rabo sin parar, y me siento muy quieto a su lado o me sitúo en su punto de visión, y pongo cara de perrito encontrado en una gasolinera, y de perrito que necesita cariño, y de perrito bueno y obediente, y de perrito que nunca ladra. Y la tía Marta, cuando me ve así, me dice cosas bonitas, como manipulador o chantajista; pero no me da nada. Sólo se ríe, y dice: “Hummmm”. Y yo me relamo una vez más, y vuelvo a mi punto estratégico, a la camita de rayas blancas, azules y verdes, para seguir viendo a la tía Marta comer.

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