Las comidas con la tía Marta

Hoy la tía Marta me ha dicho que ya no parezco un orco. No sé muy bien qué es un orco, pero, hace muchos paseos, cuando mamá iba al cuarto de los juguetes de nuestra casa y  abría el armario donde guardaba la enorme caja mágica que nunca se acaba, porque siempre está repleta de sabrosas bolitas, yo me ponía muy nervioso, y saltaba de contento, y daba vueltas alrededor suyo mientras mamá llenaba el cuenco con comida. Y luego la seguía muy de cerca hasta la cocina, y volvía a saltar, y en cuanto el cuenco tocaba el suelo, abría mi enorme boca de perrito ratonero y la llenaba de sabrosas bolitas. Ñam, ñam, ñam. Y masticaba dos veces y lo engullía todo de golpe. Y bebía dos tragos de agua. Glup, glup. Y se acababan las bolitas. Y si la tía Marta me veía, le decía a mamá que su perro tenía un problema con la comida, que parecía un orco recién salido de Mordor y que la bulimia se quedaba corta para describir su comportamiento. Y yo les observaba y movía el rabo muy contento, porque sabía que estaban hablando de mí.

Pero hoy la tía Marta me ha dicho que ya no parezco un orco, y me ha palmeado la espalda mientras me comía las bolitas. Ý me he sentido muy feliz, aunque la tía Marta hace cosas muy raras. La tía Marta guarda la enorme caja mágica que nunca se acaba en un armario de la cocina, y cuando la saca, la apoya en el suelo, muy cerca de mí. Luego me señala con el dedo y me chista sin parar (chist, chist), hasta que me siento muy quieto, sin mover ni siquiera la colita. Y abre la caja mágica delante de mí, y mete las bolitas en un vaso de plástico transparente, y lo mira al trasluz, y a veces pone más bolitas y otras, las quita. Y vuelve a chistarme y a señalarme, mientras pone la comida en mi cuenco. Y yo me quedo muy quieto y no me muevo, porque la tía Marta es mi miembro alfa y hago lo que dice. Y entonces guarda la caja mágica en el armario, y me vuelve a señalar y a chistar, y yo sigo quieto, como una farola del parque. Y luego se pone a hacer cosas que huelen a comida, y yo la miro con ojos de perrito bueno que se merece montañas de pienso, y me vuelve a chistar y a señalar con el dedo. Y cuando pasa un montóóóón de tiempo, diez segundos o así, me dice: “Venga”. Y yo me acerco al cuenco y empiezo a comer. 

Y esta noche, mientras masticaba las bolitas, la tía Marta me ha chistado una vez, y he parado de comer, y me he quedado quieto y la he mirado. Y la tía Marta ha puesto cara de perrito famélico que no esperaba que le ofrecieran un solomillo recién hecho. Y me ha repetido: “Venga”. Y he seguido comiendo. Y poco después me ha vuelto a decir “chist”. Y he dejado de engullir, y la he mirado otra vez. Y la tía Marta ha abierto los ojos un montón, como hago yo cuando mamá me enseña un enorme hueso que me quiere regalar. “Venga”. Y así otras dos veces, hasta que se ha acercado a mí, y me ha acariciado el lomo, y me ha dicho: “Buen perrito”. Y me he sentido muy feliz.

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