Tardes de juegos

La tía Marta es guay, porque juega conmigo un montón. Cuando estoy cansado de dormir, busco a bam-bam por las habitaciones de la casa para jugar con la tía Marta. Bam-bam es mi juguete preferido, porque es tan grande como un hueso enorme y, como no se puede comer, puedo moderlo sin parar, porque nunca se acaba, y sabe a los pantalones que lleva la tía cuando le muerdo las rodillas para decirle que, si sale de casa, me tiene que llevar con ella, porque yo soy miembro de su manada y tenemos que ir juntos a todos sitios.

Bam-bam es de colores. Y, cuando lo encuentro, lo cojo con los dientes y lo sacudo de un lado a otro, y lo golpeo en el suelo, y luego voy adonde la tía Marta, moviendo el rabo sin parar, y lo deposito ante sus pies, y me siento muy quieto, y la miro con cara de perro bueno y obediente que está aburrido y quiere jugar. Y si hace un ademán de agacharse para cogerlo, me adelanto y lo vuelvo a morder, y así la tía Marta tiene que tirar un montón, con todas sus fuerzas, para quitármelo de la boca. Y cuando lo consigue, me pongo muy nervioso y contento a la vez, y muevo la cola sin cesar, y salto tan alto como dos Argis, y espero a que la tía Marta me lance a bam-bam por el pasillo parra correr detrás de él y volver a empezar. La tía Marta es guay.

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