Cuestión de confianza (II)

La culpa la tienen los bollos de leche. Si a la tía Marta no se le hubiese olvidado aquella tarde, hace muuuuchos paseos, la bolsa con los sabrosos bollos de leche encima de la mesa de la cocina, ahora la tía Marta se fiaría de mí. Pero la tía Marta, como me he dado cuenta de que le ocurre a muchos humanos, a veces mira su muñeca sin parar y anda muy rápido de un lado a otro, como hago yo cuando me pongo muy contento, pero en lugar de cara de contenta pone la carita que se me queda a mí cuando oigo cohetes muy cerca, como de miedo, ansiedad y preocupación a la vez.

Aquella tarde la tía Marta olvidó la bolsa de los bollos de leche encima de la mesa de la cocina, y dejó una de las sillas separada de la mesa. Y como yo soy un buen perrito que pasa mucha hambre y al que le gusta aprender un montón de cosas nuevas, pensé que la situación creada no era sino una estratagema ideada por la tía Marta para enseñarme cosas nuevas, como cuando me dice que me siente y espere mientras me pone las sabrosas bolitas o como cuando me tira a bam-bam por el pasillo y no me deja ir a buscarlo hasta que ella me lo ordena.

Pero, según parece, la tía Marta no lo hizo para enseñarme cosas nuevas. Aunque eso lo supe después. Así que, cuando me quedé en la cocina en mi camita de Sugus de fresa, y vi la silla separada y los bollos de leche encima de la mesa, sopesé el dilema: bollitos de leche para el perrito o bollitos de leche para el perrito. Y salté a la silla, y desde allí cogí con mi boca la bolsa de los bollitos de leche, y la tiré de la mesa, y -ya en el suelo- la mordí hasta hacer un agujero, y luego me comí uno a uno los bollitos de leche: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Ñam, ñam, ñam.

Cuando la tía Marta me encontró, se asustó mucho, aunque no sé muy bien por qué. Dijo algo de gordo como una pelota y a punto de estallar. Se enfadó tanto que me señaló una y otra vez la bolsa vacía de los bollitos de leche mientras decía: “mecachis en la mar, hummmmm, mecachis en la mar”. Y yo me fui de la cocina con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas.

Yo creo que será por eso que la tía Marta no se fía de mí.

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