Las vecinas de la tía Marta

Creo que las vecinas de la tía Marta están locas, porque siempre que me ven se ríen un montón. Cuando salgo de casa moviendo el rabo sin parar, con la correa cogida entre los dientes para que la tía se acuerde de que tenemos que ir a pasear, espero en el descansillo a que la tía Marta cierre la puerta de casa con un montón de llaves que hacen mucho ruido, y a que saque y meta de su bolso cosas mientras repite palabras raras en voz alta, como bolsas, cartera o móvil. Y, como tarda mucho, mientras aguardo ante las escaleras del portal, mirando a la calle, a veces aparecen las vecinas de la tía.

Hay muchas vecinas de la tía, pero todas se parecen porque me miran y se ríen sin parar, y dicen que soy un buen perrito y, si me acerco moviendo el rabo, con la correa entre los dientes, me acarician un montón. Y, si las sigo, se ríen mucho más. Como el otro día en que una vecina había tirado un calcetín por la ventana para poder bajar al jardín, y vino donde la tía Marta a pedirle la llave. Y la tía Marta le abrió y, como vi que iba al jardín y a mí el jardín de la tía Marta me gusta un montón, me fui con ella y la guié todo el camino. Y la vecina me miró y empezó a reírse un montón, y cambió la voz con la que le había hablado a la tía Marta, como yo si fuera un niño pequeño en lugar de un perrito mayor, y me tocó un montón. Y luego volvimos a subir, ella con el calcetín y yo todo contento, porque, aunque creo que las vecinas de la tía Marta están locas, me gustan mucho porque me tocan un montón.

 

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