Un paseo accidentado

Cuando esta tarde hemos salido a pasear, olía a lluvia, pero no caía agua del cielo, así que me he puesto muy contento, porque, si no cae agua del cielo, no me mojo. Entonces, la tía Marta me ha dicho que íbamos a acercarnos a un parque diferente del parque donde hago pises y cacas por la mañana, aprovechando que no llovía, y hemos empezado a andar muy rápido, porque la tía Marta siempre camina como si le siguiera una jauría de perros agresivos. Pero, cuando todavía faltaban cientos de pasos por llegar, han empezado a caer gotas, primero unas pocas y luego muchas más, y hemos dado media vuelta para ir al parque de los pises y cacas de las mañanas, porque la tía me ha explicado que allí hay una plaza porticada y nos podíamos resguardar.

En el camino de vuelta, yo iba muy despacio, cerca de las fachadas, porque cuando paseo al lado de las paredes me mojo menos, y entonces he olfateado primero -y he visto después- una loncha de salchichón grasienta y aplastada que olía la mar de bien. Y como la tía Marta iba despistada, con la correa en una mano y un palo con una tela arriba en la otra, he aprovechado y me he tragado el salchichón de un bocado, ñam, ñam. Pero la tía me ha descubierto y me ha chistado, y luego me ha abroncado, y me ha dicho que a ver qué había hecho, si no me daba vergüenza, que nos vamos a quedar sin perrito porque perrito algún día va a comerse algo en mal estado, que qué va a pensar la gente de perrito, y me ha mirado muy seria. Y yo la he observado muy concentrado, porque estoy seguro de que lo que me estaba diciendo la tía Marta debía de ser muy importante, pero no terminaba de entender de qué hablaba, porque, aunque a la tía se le olvida muchas veces, soy un perro.

Así que hemos ido hasta el parque de los pises y las cacas de las mañanas, y la tía me ha soltado, y he saludo a algunos perritos, y he visto unas migas de pan en el suelo que parecían muy sabrosas, porque estaban mojadas por la lluvia y pisoteadas, y las he comido del tirón. Y la tía Marta ha venido muy enfada y me ha preguntado que qué pasaba conmigo, que ya estaba otra vez, que parezco un perro abandonado, que si no me daba vergüenza, y me ha puesto la correa. Y yo la he mirado muy contento, porque la tía Marta me pone y me quita la correa un montón cuando vamos a pasear. Antes de ponérmela me grita y, unos minutos después, me la quita.

Luego, la tía Marta me ha quitado la correa y he recorrido los jardines husmeando sin parar. Y entonces he visto un perro que olía a gato y parecía un gato y que, luego he pensado, seguramente era un gato, y he empezado a correr detrás de él, pero la tía Marta me ha pedido que parara y, como es la líder de mi manada, me he frenado en seco, mientras el gato saltaba a una tapia. Y me he quedado un buen rato parado, vigilando si volvía, pero el gato no ha aparecido. Y, como seguía lloviendo, hemos vuelto a casa, y la tía Marta se ha sentado en el suelo y me ha secado con la toalla, y me ha dicho que me quiere mucho y que soy el perrito más bueno del mundo mundial, y yo le he lamido las manos y la cara sin parar, porque, a pesar de todo, yo creo que la tía Marta sí sabe que no hago las cosas con mala fe: que sólo soy un perro.

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