El reencuentro con las primas

Hoy la tía Marta me ha llamado para que me sentara con ella en el sofá y me ha explicado no sé qué cosas de que íbamos a ir a comer a casa de la abuela Josefina, y de que  la prima María quería verme, porque la había llamado por teléfono y le había dicho que me echaba mucho de menos. Entonces la tía me ha explicado que hoy me iban a acariciar un montón, y me ha tocado en la cabeza y en el lomo, y me ha dicho que yo soy un buen perrito, y yo me he puesto muy contento y he lamido un montón a la tía, aunque no he entendido muy bien qué quería decir, porque creo que, después de tanto tiempo, se ha debido de olvidar de que yo soy un perro y a veces no termino de captar los matices.

Cuando hemos llegado a casa de la abuela Josefina, me he puesto muy contento. Ya en el ascensor he empezado a mover el rabo sin parar y a levantarme sobre las patitas traseras, porque la puerta tardaba en abrirse. Y, cuando por fin se ha abierto, la abuela estaba esperándonos y he entrado corriendo, porque siempre que llego a una casa donde sé que me esperan me gusta entrar corriendo moviendo el rabo sin parar, y la abuela Josefina les ha gritado a las primas “mirad quién está aquí”, y la prima María ha venido rápido y me ha gritado mi nombre muy alto en el oído y me ha acariciado una y otra vez, y la tía Helena me ha puesto agua fresca en el cuenco, y mientras la prima Cristina veía la caja que hace ruidos.

Entonces la prima Maria ha dicho que iba a ir a comprar el pan con la tía Helena y si podía ir también yo. Y la tía Marta ha respondido que sí. Y hemos ido los cuatro a comprar el pan. Y la prima María ha cogido la correa y me ha llevado todo el camino hasta la tienda, y luego, otra vez de vuelta.  Y luego en casa todos me han tocado sin parar, y han repetido que soy muy bueno, y me he puesto a los pies de todos, pero nadie me ha dado nada de comer. Y, cuando me he situado al lado de la abuela, me ha mirado con ojos muy tristes y me ha explicado que no podía darme nada, porque la tía Marta no le dejaba, y luego ha suspirado y ha dicho que soy un pobrecito que no puede comer nada y le ha preguntado a la tía Marta si no podría comprar unas galletitas de perro para el pobrecito. Y la malvada tía Marta le ha respondido que no, que el perrito come lo que necesita y que ella ya tiene en casa galletas de hueso o huesos de galleta, y que no son para darle todos los días, que, si no, este perro acabaría como un globo, porque parece que esconde cinco estómagos y porque es incapaz de saciarse. Y yo le he mirado a la tía Marta con ojos de perro abandonado en una gasolinera qe necesita mucho amor y la tía se ha reído y me ha acariciado sin parar.

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