Enterrando un hueso (en casa)

La tía Marta me ha explicado que esta tarde tenía que encender el ordenador para hacer unas cosas muy importantes y que íbamos a salir un poco más tarde a disfrutar de nuestro último paseo. Así que ha cogido la camita de Sugus de fresa, la ha colocado al lado de su silla en el cuarto del ordenador y después me ha dado un hueso enoooorme para que pudiera morderlo. Me encantan los huesos que se pueden morder, porque me duran un montón de tiempo y, además, puedo esconderlos. No como los huesos de galleta o galletas de hueso, que desaparecen en dos mordiscos y ya no vuelven a aparecer nunca más, a no ser que la tía Marta saque otro del paquete que  guarda  en el armario, al lado de la caja mágica de sabrosas bolitas.

Así que, mientras la tía Marta estaba sentada delante de eso que llama ordenador, he mordido una y otra vez el hueso. Y luego he pensado que lo mejor sería esconderlo, porque he visto cómo come la tía Marta y no me fío mucho de ella. Por eso, he recorrido la casa muy despacio, buscando un buen escondrijo, y he encontrado un sitio perfecto para enterrarlo en el salón, entre mi camita de rayas azules, blancas y verdes y el armario donde está la caja que hace ruido. Así que he empezado a arañar el suelo con las patitas para hacer un buen agujero, lo he puesto allí y he empujado con el morro todo lo que había quitado antes para cubrir bien mi enooorme hueso. Pero, cuando me he vuelto, he visto que la tía Marta estaba en la puerta del salón riéndose sin parar y me ha dicho que a ver qué andaba, que menuda forma de esconder el hueso, que si no me había dado cuenta de que en casa no tenemos tierra y que soy muy divertido.

Y, como la tía Marta ha descubierto mi escondite, he cogido el hueso y he entrado en la habitación rosa. Y he vuelto a escarbar un buen agujero, a meter el hueso y a taparlo. Pero como la tía seguía andando por ahí, lo he cogido de nuevo y lo he llevado al dormitorio de la tía, y he repetido el proceso. Y como la tía ha aparecido otra vez, lo he desenterrado y lo he vuelto a esconder en una esquina de la cocina. Y, como no estaba muy seguro de si era un buen sitio, lo he agarrado con los dientes y me lo he llevado a la camita de Sugus de fresa, para vigilarlo de cerca. Y cuando la tía me ha dicho que ya había acabado y que nos íbamos a pasear, he cogido el hueso para llevarlo a la calle. Pero la tía me ha dicho que no, que tenía que dejarlo, porque si lo sacaba algún perrito podría robarme el hueso. Y me lo ha quitado de la boca, y lo ha dejado encima de la camita de rayas verdes, azules y blancas, y entonces yo no queria salir, porque quería tener cerca el hueso para vigilarlo. Y la tía me ha dicho que era el ejemplo clásico de la sociedad occidental actual, que, cuando no tenía nada, era un perrito feliz y ahora, con el hueso, estaba estresado y no disfrutaba de la vida, y sólo pensaba en el hueso, y en esconderlo, y en que nadie se lo quitara. Y, mientras hablaba en la entrada, me he ido al salón a vigilar el hueso. Y, al final, me ha puesto la correa, me ha chistado y hemos salido de casa.

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