Domingo de baño

Cuando hemos vuelto por la mañana del parque de los pises y las cacas, la tía Marta ha abierto el armario de arriba de la cocina, pero no ha sacado la caja mágica de las sabrosas bolitas que nunca se acaba, sino mi toalla blanca y morada y mi toalla roja. Entonces me ha llevado hasta el cuarto de baño y me ha dicho que debía ser un buen perrito y hacer todo lo que ella me dijera. Y luego me ha quitado el collar verde y el collar para alejar a las pulgas y garrapatas y me ha metido dentro de la bañera.

A mí no me gustan mucho las bañeras, porque cuando están mojadas y hay jabón resbalan como si fuera hielo. Por eso, me he sentado muy  quieto y he intentado no moverme mucho. Tampoco me gusta que me laven, porque después ya no huelo a perrito y me siento muy raro. Pero la tía Marta me ha dicho que no me preocupara, que soy el perrito más bonito del mundo mundial, que me quiere un montón y que no se iba a mover del baño hasta que terminara de asearme.

Así que la tía Marta ha probado el agua en una mano y, después de un buen rato, ha dirigido la alcachofa de la ducha sobre mí. Y me ha mojado entero, tooodo el cuerpo. Luego ha cogido una pastilla de jabón y me ha frotado una y otra vez: las patitas, el lomo, la panza. Y, cuando ha terminado, me ha echado otro buen chorretón de agua por encima. Después, me ha enjabonado de nuevo y, como yo creía que ya había acabado, he saltado rápido de la bañera al suelo y me he sacudido con todas mis ganas. Entonces, la tía ha empezado a gritar, y me ha dicho que aún no habíamos terminado, que me tenía que aclarar la segunda tanda de jabón, que mira cómo había puesto todo el baño, que aquello parecía una piscina, que me había pedido que fuera un buen perrito y que estaba calada hasta los huesos. Y me ha cogido y me ha vuelto a meter a la bañera. Y yo me he quedado allí, quieto, porque no quería enfadar a la tía Marta.

Cuando ya me ha aclarado, la tía me ha sacado de la bañera y me ha secado una y otra vez con las toallas. Y yo me he vuelto a sacudir una y otra vez, y esta vez la tía Marta se ha reído mucho. Pero, como aún no estaba muy seco, la tía ha cogido una cosa que se enchufa y hace mucho ruido y te echa aire caliente y lo ha ido pasando sobre mí, mientras me acariciaba una y otra vez con su mano. Y, como las cosas que se enchufan, echan aire y hacen ruido no me gustan, he metido la cola entre las patas traseras para que la tía supiera que no me hacía nada de gracia su idea. Y luego la tía me ha dicho que ya estaba, me ha dado un hueso y me ha sacado a la calle a pasear para que terminara de secarme al sol.

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