De bocatas con las tías

Hoy, cuando acabábamos de volver del paseo del mediodía, han llamado al telefonillo y me he puesto muy nervioso, porque cuando suena el telefonillo significa que viene alguien, y que puedo ir corriendo donde la visita, moviendo el rabo sin cesar, para que me toque un montón todo el cuerpo y me diga que soy un perrito muy bueno. Así que, cuando la tía ha contestado y ha abierto la puerta de casa, he salido raudo y veloz, agitando la cola sin parar, para ver quién era. Y eran las tías Olaia y Aran, que me han saludado muy alto. Y la tía Aran me ha acariciado un montón, y yo me he tumbado en el descansillo para que me tocara mucho más. Y ha sido guay.

Luego la tía Marta me ha puesto el pañuelo rojo de fiestas y nos hemos ido a comer unos bocadillos, que son como las sabrosas bolitas mías pero para humanos. Y, como son para humanos, las tías no me querían dar nada. Pero, como las tías hablaban mucho, a veces no se daban cuenta y se les caía una miga o un trozo de bacon o un poco de queso, y yo lo cogía del suelo del tirón y lo engullía antes de que se percataran. Y después la tía Aran me ha dado una pizca de pan, para que lo probara, porque soy pequeño y sólo me podía dar un poco. Y me lo he pasado la mar de bien.

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