Circuito de sabrosas bolitas

La tía Marta se ha vuelto a enfadar conmigo porque, cuando encuentro restos de comida por la calle, los engullo del tirón. Y, como esta mañana una miembro alfa que paseaba con su perrito le ha explicado no-sé-qué-cosa de que no-sé-a-quién le pasó no-sé-dónde no-sé-qué de que su perrito se murió por comer un trozo de chorizo envenenado de la calle, me ha dicho que me aplicara el cuento, que a muchos perritos les pierde su voracidad, que a ver si aprendía y que, si no aprendía yo por mi cuenta, ya se encargaría ella de enseñarme.

Así que esta noche, cuando hemos vuelto del paseo, la tía Marta no ha llenado el cuenco de bolitas y lo ha depositado en el suelo de la cocina, como acostumbra, sino que ha empezado a hacer cosas muy raras, como poner dos filas de sabrosas bolitas a lo largo del pasillo y el comedero con el resto de bolitas en medio de las filas, al final del recorrido. Luego me ha ordenado que me sentara al inicio del pasillo, atento a sus movimientos, y ha recorrido el pasillo señalando las bolitas del suelo y diciendo, “no”, “no”, “no”, “no”, muy seria. Y yo me he quedado muy quieto, porque, si me quedaba quieto, sabía que me dejaría acercarme al cuenco, para comer todas las bolitas del tirón, porque las del pasillo no me interesaban lo más mínimo, porque eran pocas. Entonces la tía me ha dicho: “Venga”. Y he salido corriendo, he llegado al comedero y me he tragado todas las bolitas del tirón.

Cuando he terminado, he visto que había más bolitas en el suelo, en dos filas, y he salido disparado hacia allí, y me he comido una. Entonces, la tía ha gritado: “Noooo”, muy nerviosa. Y, como ya tenía la bolita en la boca, he pensado que lo mejor era comérmela, para no manchar todo el suelo. Y me la he tragado, y luego he bajado el rabo, y la tía Marta me ha dicho que no, que no, que no. Y yo no entendía nada, porque eran sabrosas bolitas, como las del cuenco, pero en el  suelo del pasillo, pero he hecho caso a la tía, porque es mi miembro alfa, y he dejado que me guiara hasta la cocina, sin acercarme al resto de bolitas.

Luego, la tía ha señalado de nuevo las bolitas y ha repetido “no”, “no”, “no”. Y me ha obligado a atravesar el pasillo sin poder olisquear las bolitas, porque, si intentaba acercarme, chillaba “noooo”. Y hemos ido y venido un par de veces. Y la tía Marta se ha puesto muy contenta, y me ha felicitado, y me ha dicho que muy bien, que era muy buen perrito, el perrito más bonito del mundo mundial, y me ha acariciado un montón. Por eso, cuando hemos vuelto a pasar de nuevo por el recorrido, y como me había felicitado, he pensado que me merecía una bolita. Y me he comido una. Y la tía ha vuelto a gritar “nooo”. Y así, un montón de idas y venidas, entre felicitaciones y gritos, hasta que la tía Marta ha dicho que era imposible, que conmigo no había manera, que se rendía y que no había nacido humano capaz de domar mi ansia. Y, como la tía ya no decía nada, me he tragado a placer las últimas bolitas.

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