Mi otro yo

Esta tarde, en el parque que no es el parque de los pises y cacas de las mañanas, me he encontrado con un perrito tan pequeño como yo, paseado por un miembro alfa muy mayor. Y el miembro alfa muy mayor me ha mirado muy fijamente, y ha mirado muy fijamente a su perrito, y ha mirado muy fijamente a la tía, y luego se ha reído mucho y ha exclamado que su perrito y yo parecíamos hermanos. Y yo me he quedado muy quieto, por si el perrito que parecía mi hermano quería acercarse a mí, a olerme el trasero, pero el perrito que parecía mi hermano no se ha movido y se ha mantenido muy erguido, desafiante.

Entonces, he movido un poco el rabo para que viera que yo soy un buen perrito, que no me gusta nada dominar a otros perritos y que podía husmearme el culo tranquilamente, porque a mí me gusta mucho hacer amigos y no me agradan para nada las peleas ni las provocaciones. Pero el perrito que parecía mi hermano no se ha inmutado y ha continuado desafiándome, todo tenso, y yo he notado cómo se me erizaba el pelo del lomo, y cómo se me doblaban las orejas hacia adelante, y cómo mi cara adoptaba un rictus de “vámonos de aquí, tía Marta, que éste busca problemas”. Y la tía me ha mirado fijamente, ha mirado fijamente al perrito que parecía mi hermano, ha mirado fijamente al miembro alfa mayor que lo paseaba, y le ha respondido que sí, que tenían un aire, y nos hemos ido de allí muy rápido, porque, como me ha dicho luego la tía, ese perrito, aunque tuviese una carita muy parecida a la mía, no era para nada como yo.

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