Mi rincón en el sofá

Lo que más me gusta del mundo mundial -además de comer sabrosas bolitas, encontrar restos de comida por la calle, pasear con la tía Marta, jugar con bam-bam, correr tras la pelota de tenis, olisquear los culos de otros perritos, mear por todas partes, que me acaricien todo el rato sin parar y revolcarme en la hierba- es tumbarme en el sofá. El sofá está guay, porque es más grande que mi camita de Sugus de fresa, y que mi camita de rayas azules, verdes y blancas, y que mi camita del dormitorio de la tía. Por eso, cuando la tía me da permiso, pego un salto enorme y me planto en medio del sofá. Y, como la tía sólo me deja subir al sofá cuando está ella, eso significa que, además de disfrutar de los cojines blandos, la tía me va a tocar una y otra vez, y me va a decir un montón de cosas bonitas, como que soy el perrito más bonito del mundo mundial, que cómo es posible querer tanto a un perrito tan pequeño y que no sabe qué haría la tía Marta sin el pequeño Argi.

Por eso, esta noche, cuando la tía Marta me ha llamado para que subiera al sofá, me he puesto la mar de contento y me he acercado moviendo el rabo sin parar. Y, cuando la tía se ha cansado de acariciarme y de decirme cosas bonitas, me he acurrucado en una esquina, sobre un cojín, para no molestar.

 

 

 

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