El perrito aspirador

La tía Marta dice que soy como un aspirador. O mucho mejor, porque el aspirador hay que sacarlo del armario, desenrollar el cable, conectarlo y ponerlo a funcionar. En cambio, yo soy mucho más rápido. Por eso, cuando a la tía se le cae un resto de comida al suelo, me llama muy alto: “Argi, Argi, ven aquí”. Y yo voy muy contento, agitando la cola de un lado a otro, y la tía Marta me señala en el suelo dónde debo atacar, y yo me lanzo, raudo y veloz, por si la tía cambia de opinión.

Entonces pego un lametón en el suelo o abro mucho la boca, y saboreo la comida de la tía. Y a veces encuentro migas de pan, o restos de galletas, o un trocito de zanahoria, o de lechuga, o un chorretón de gazpacho. Y, como me gusta un montón, luego me siento al lado de la tía y aguardo, esperanzado, a que a la tía se le caiga algo más. Y, si no se le cae, la miro con ojos muy tristes, de perrito encontrado en una gasolinera que ha pasado mucha hambre. Y la tía Marta me observa muy divertida, esbozando una sonrisa, y me dice que no sea manipulador, que ya está, que no le doy la más mínima pena y que ya me puedo volver a mi camita a descansar, porque no me va a dar nada más.

 

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