El señor de los huesos

Esta tarde, en el paseo, la tía Marta se ha sentado en un banco y me ha dejado campar a mis anchas sin chistarme ni una sola vez. Así que primero he olfateado los alrededores del banco donde se ha sentado; luego, me he apostado a su lado, para que viera que soy un buen perrito y que puedo hacerle muy buena compañía; y, después, he saludado a todos los perritos que han pasado cerca de mí y he corrido detrás de ellos de un lado a otro.

Como hacía mucho calor, y yo estaba con la lengua muy fuera, la tía Marta me ha ordenado que la siguiera y se ha sentado en una terraza de un bar, en el que había un bebedero enoooorme a la entrada, estratégicamente situado para que pudiésemos hidratarnos toooodos los perritos del barrio.  Y, como mi lengua cada vez estaba más fuera, la tía Marta me ha señalado el cuenco insistentemente, hasta que yo me he atrevido a beber, porque a mí no me gusta tomar el agua de cuencos que no son míos sin el permiso de mi miembro alfa, ya que algunos perritos se indignan mucho cuando otro perrito utiliza su bebedero.

En la terraza, había un señor humano sentado en la mesa de al lado con otro perrito. Y, como el señor humano me ha saludado, me he acercado a él, moviendo el rabo sin parar, y he dejado que me tocara un montón por el lomo y la cabeza. El señor humano ha sonreído y ha abierto una bolsa de plástico. Como en las bolsas hay comida, yo me he sentado sobre las patitas traseras muy erguido y me he quedado muy quieto, mirándolo con los ojos muy abiertos de pobre perrito abandonado en una gasolinera, para ver si me daba algo. Y el señor humano ha sacado ¡un hueso de galleta o galleta de hueso! Así que me he elevado sobre mis patas traseras y lo he engullido del tirón. Y, cuando lo he acabado, me he sentado otra vez, muy obediente y muy quieto, para ver si se estiraba un poco y me regalaba otro. Entonces, el señor humano me ha observado, sorprendido; ha vuelto la cabeza hacia la tía Marta, que le ha dedicado una sonrisa forzada y un casi inaudible “¡cómo son estos perritos de voraces!”, y no me ha dado otro.

Circuito de sabrosas bolitas

La tía Marta se ha vuelto a enfadar conmigo porque, cuando encuentro restos de comida por la calle, los engullo del tirón. Y, como esta mañana una miembro alfa que paseaba con su perrito le ha explicado no-sé-qué-cosa de que no-sé-a-quién le pasó no-sé-dónde no-sé-qué de que su perrito se murió por comer un trozo de chorizo envenenado de la calle, me ha dicho que me aplicara el cuento, que a muchos perritos les pierde su voracidad, que a ver si aprendía y que, si no aprendía yo por mi cuenta, ya se encargaría ella de enseñarme.

Así que esta noche, cuando hemos vuelto del paseo, la tía Marta no ha llenado el cuenco de bolitas y lo ha depositado en el suelo de la cocina, como acostumbra, sino que ha empezado a hacer cosas muy raras, como poner dos filas de sabrosas bolitas a lo largo del pasillo y el comedero con el resto de bolitas en medio de las filas, al final del recorrido. Luego me ha ordenado que me sentara al inicio del pasillo, atento a sus movimientos, y ha recorrido el pasillo señalando las bolitas del suelo y diciendo, “no”, “no”, “no”, “no”, muy seria. Y yo me he quedado muy quieto, porque, si me quedaba quieto, sabía que me dejaría acercarme al cuenco, para comer todas las bolitas del tirón, porque las del pasillo no me interesaban lo más mínimo, porque eran pocas. Entonces la tía me ha dicho: “Venga”. Y he salido corriendo, he llegado al comedero y me he tragado todas las bolitas del tirón.

Cuando he terminado, he visto que había más bolitas en el suelo, en dos filas, y he salido disparado hacia allí, y me he comido una. Entonces, la tía ha gritado: “Noooo”, muy nerviosa. Y, como ya tenía la bolita en la boca, he pensado que lo mejor era comérmela, para no manchar todo el suelo. Y me la he tragado, y luego he bajado el rabo, y la tía Marta me ha dicho que no, que no, que no. Y yo no entendía nada, porque eran sabrosas bolitas, como las del cuenco, pero en el  suelo del pasillo, pero he hecho caso a la tía, porque es mi miembro alfa, y he dejado que me guiara hasta la cocina, sin acercarme al resto de bolitas.

Luego, la tía ha señalado de nuevo las bolitas y ha repetido “no”, “no”, “no”. Y me ha obligado a atravesar el pasillo sin poder olisquear las bolitas, porque, si intentaba acercarme, chillaba “noooo”. Y hemos ido y venido un par de veces. Y la tía Marta se ha puesto muy contenta, y me ha felicitado, y me ha dicho que muy bien, que era muy buen perrito, el perrito más bonito del mundo mundial, y me ha acariciado un montón. Por eso, cuando hemos vuelto a pasar de nuevo por el recorrido, y como me había felicitado, he pensado que me merecía una bolita. Y me he comido una. Y la tía ha vuelto a gritar “nooo”. Y así, un montón de idas y venidas, entre felicitaciones y gritos, hasta que la tía Marta ha dicho que era imposible, que conmigo no había manera, que se rendía y que no había nacido humano capaz de domar mi ansia. Y, como la tía ya no decía nada, me he tragado a placer las últimas bolitas.

De bocatas con las tías

Hoy, cuando acabábamos de volver del paseo del mediodía, han llamado al telefonillo y me he puesto muy nervioso, porque cuando suena el telefonillo significa que viene alguien, y que puedo ir corriendo donde la visita, moviendo el rabo sin cesar, para que me toque un montón todo el cuerpo y me diga que soy un perrito muy bueno. Así que, cuando la tía ha contestado y ha abierto la puerta de casa, he salido raudo y veloz, agitando la cola sin parar, para ver quién era. Y eran las tías Olaia y Aran, que me han saludado muy alto. Y la tía Aran me ha acariciado un montón, y yo me he tumbado en el descansillo para que me tocara mucho más. Y ha sido guay.

Luego la tía Marta me ha puesto el pañuelo rojo de fiestas y nos hemos ido a comer unos bocadillos, que son como las sabrosas bolitas mías pero para humanos. Y, como son para humanos, las tías no me querían dar nada. Pero, como las tías hablaban mucho, a veces no se daban cuenta y se les caía una miga o un trozo de bacon o un poco de queso, y yo lo cogía del suelo del tirón y lo engullía antes de que se percataran. Y después la tía Aran me ha dado una pizca de pan, para que lo probara, porque soy pequeño y sólo me podía dar un poco. Y me lo he pasado la mar de bien.

La manzana de la abuela Josefina

La tía Marta me ha llevado hoy por la mañana a casa de la abuela Josefina, porque tenía que dejar allí no sé qué cosas de botellas para la comida de mañana. Así que, en lugar de pasear por el parque de los pises y cacas, hemos recorrido tooodo el trayecto hasta casa de la abuela olfateando las esquinas, husmeando los árboles y haciendo cacas en medio de la acera.

Cuando hemos llegado, la abuela Josefina me ha saludo muy alto y me ha hablado mucho, y me ha dicho que pobrecito, que dónde estaba mi mamá, que qué tal se portaba conmigo la tía Marta, que el perrito es una responsabilidad y un montón de cosas más. Y luego se ha puesto a cortar una manzana y, como me ha visto mirándola con los ojos muy fijo, y sentado muy quieto a su lado, le ha preguntado a la tía Marta si podía darme un poco de manzana. Y la tía Marta ha observado a la abuela Josefina, que estaba deseando darme un trozo de manzana, porque la abuela Josefina demuestra su amor a su manada con la comida y ahora yo soy de su manada. Y luego me ha observado a mí, que me había sentado muy quieto al lado de la abuela, y notaba mis ojos casi fuera de sus órbitas. Y le ha dicho que bueno, pero que un trocito pequeñito. Y la abuela Josefina me ha dado lo que ella considera un trocito pequeño, que son tres o cuatro trocitos. Y lo he pasado la mar de bien.

Picnic en el parque

A mí me gusta un montón ir al parque a comer, pero a la tía Marta parece que no le agrada mucho, porque grita sin parar, pone una cara muy seria, me dice un montón de cosas que no termino de entender y me ata con la correa. Así que, cuando hoy he decidido montarme un picnic improvisado en el parque, la tía no se lo ha tomado muy bien. Seguramente porque no la he invitado.

Por la tarde, cuando he encontrado un trozo de fruta entre la hierba y me lo he comido del tirón, la tía se ha puesto muy roja, y me ha dado con la mano en el costado, y me ha dicho que ya vale. Y, cuando unos pises más adelante, he visto un trozo de pan la mar de sabroso y lo he engullido, -ñam, ñam-, me ha gritado, me ha vuelto a regañar, me ha atado con la correa, me ha llevado a casa toda indignada, me ha puesto de comer unas bolitas -que me han parecido más escasas que otras veces-, me ha dejado en la camita de Sugus de fresa y se ha ido.

Luego, cuando ha vuelto a casa muy de noche, me ha sacado de nuevo. Y, aunque era muy de noche, había un montón de gente, organizada en diferentes manadas, con un montón de botellas, haciendo mucho ruido. Por eso, la tía Marta me ha pedido que me anduviera con cuidado, porque los cachorros de humanos son como los cachorros perros, impredecibles. Y yo he ido muy concentrado, evitando las manadas de humanos, y entonces he visto, todo aplastado en el suelo y la mar de sabroso, un trozo de fruta. Y lo he comido del tirón. Y la tía Marta se ha vuelto a enfadar. Y me ha dicho que era insufrible, que hay unos señores malos que tiran comida envenedada para matar a los perritos como yo, que menudo día le había dado y que nos íbamos a casa ya. Y nos hemos ido a casa.

De compras en el veterinario

A veces no entiendo a la tía Marta. Como hoy, que se ha empeñado en ir al veterinario a comprar una bolsa enorme de sabrosas bolitas. No la entiendo porque cualquiera sabe que, si quieres bolitas, sólo tienes que abrir el armario de arriba, en la cocina, y sacar la caja mágica de sabrosas bolitas que nunca se acaba. Pero, como la tía es la líder de mi manada, cuando me ha explicado que íbamos a ir a por sabrosas bolitas, sólo he movido el rabo sin parar, para no perturbarla. Además, me he puesto muy contento. Me gusta mucho ir al veteriano porque siempre me dan algo de comer.

Cuando hemos llegado, había una chica muy maja que me ha saludado y me ha acariciado. Y luego me ha dicho que seguro que había algo por ahí para mí. Y ha cogido una barrita como un palo, que tenía una pinta la mar de sabrosa, y me la ha enseñado. Y yo me he sentado muy quieto, con los ojos muy fuera, y me he puesto muy nervioso, porque sabía que esa barra era para mí. Y la chica me la ha acercado un poco, y yo me he incorporado rápidamente y se la he arrancado de las manos del tirón, y me la he comido en dos mordiscos. Ñam, ñam. Y la chica me ha mirado con los ojos muy abiertos, y luego ha sonreído un poco, como de lado. Y ha mirado a la tía Marta, que parecía un poco apurada, y le ha dicho que parecía que tenía un poquito de hambre y que sí que me la había comido rápido.

Después, la chica ha traído la bolsa con las bolitas y, como estaba observándola todo el rato, sentado muy quieto a su lado, con los ojos muy fuera, me ha dicho que me iba a dar otra barrita, y que a ver si ésta me duraba más. Y me he puesto muy nervioso, porque me ha acercado la barrita a los ojos y, cuando estaba a la distancia suficiente, me he levantado sobre las patas traseras, le he cogido la barra con la boca muy abierta y la he engullido en otros dos mordiscos. Ñam, ñam. Y la chica ha vuelto a abrir muchos los ojos, y la tía se ha puesto roja, y las dos han dejado escapar una risita nerviosa. Y, después, nos hemos ido.

A dieta con la tía Marta

Mamá les dijo a las tías que sólo quería que, cuando ella regresara, perrito siguiera siendo perrito y que no se transformara en una enorme bola de Argi. Por eso, la tía Marta controla minuciosamente todas mis comidas y todas mis cacas y, si sospecha que en mis paseos o en mis visitas a otras tías he comido algo más que mis dos raciones diarias de sabrosas bolitas, me mira con recelo.

No sé por qué la tia Marta cree que yo iría, así por así, tragando algo más que mis dos raciones de sabrosas bolitas. A mí sólo me gustan las sabrosas bolitas. Bueno… y los bollos de leche. Y el queso. Y la carne. Y el pescado. Y la fruta. Y las aceitunas. Y el jamón york. Y la lechuga. Y los pinchos. Y la pizza. Y el chocolate. Y los yogures. Y el pan. Y las galletas. Y los huesos. Y algunas cosas más. Pero de ahí a desconfiar de un pobre perrito como yo encontrado en un gasolinera va todo un mundo.

Pero la tía Marta desconfía de mí y el otro día me llamó muy seria y me dijo que perrito parecía un poco más gordo de lo normal, aunque la tía Marta dice que, cuando estoy muy excitado, me pongo muy gordo, pero sólo de la emoción, y que entonces soy como la Tierra, achatado por los polos. Pero como en ese momento no estaba excitado, me dijo que me iba a pesar y empezó a reírse sin parar, mientras yo le observaba con atención sentado en el suelo, porque no sé muy bien qué es pesar. Y luego la tía vino con una baldosa blanca y me dijo que me subiera, y como yo no quería, me puso encima y me dijo que me quedara muy quieto. Y yo me quedé muy quieto, pero la tía Marta dijo que no valía, que así no se veía bien no sé qué. Y entonces la tía Marta se subió en la baldosa y aparecieron unas cosas rojas en una pantalla y lo apuntó en un papel y luego la tía Marta cogió a perrito y volvió a mirar las cosas rojas en la pantalla conmigo en brazos, y lo volvió a apuntar. Y después me dijo que a ver qué me había tragado y me miró de nuevo, y se volvió a reír.