Mi rincón en el sofá

Lo que más me gusta del mundo mundial -además de comer sabrosas bolitas, encontrar restos de comida por la calle, pasear con la tía Marta, jugar con bam-bam, correr tras la pelota de tenis, olisquear los culos de otros perritos, mear por todas partes, que me acaricien todo el rato sin parar y revolcarme en la hierba- es tumbarme en el sofá. El sofá está guay, porque es más grande que mi camita de Sugus de fresa, y que mi camita de rayas azules, verdes y blancas, y que mi camita del dormitorio de la tía. Por eso, cuando la tía me da permiso, pego un salto enorme y me planto en medio del sofá. Y, como la tía sólo me deja subir al sofá cuando está ella, eso significa que, además de disfrutar de los cojines blandos, la tía me va a tocar una y otra vez, y me va a decir un montón de cosas bonitas, como que soy el perrito más bonito del mundo mundial, que cómo es posible querer tanto a un perrito tan pequeño y que no sabe qué haría la tía Marta sin el pequeño Argi.

Por eso, esta noche, cuando la tía Marta me ha llamado para que subiera al sofá, me he puesto la mar de contento y me he acercado moviendo el rabo sin parar. Y, cuando la tía se ha cansado de acariciarme y de decirme cosas bonitas, me he acurrucado en una esquina, sobre un cojín, para no molestar.

 

 

 

El secreto de la tía Marta

La tía Marta y yo tenemos un secreto, pero no lo puedo revelar porque la tía Marta me dijo que no se lo contara a nadie, ni siquiera a mamá, porque a mamá no le gustan esas cosas. Y, como la tía Marta es ahora mi miembro alfa y el líder de mi manada, y me quiere un montón, y me acaricia todo el rato, y me lleva a pasear, y juega conmigo y me da de comer las sabrosas bolitas, no se lo voy a contar a nadie, porque la tía Marta es guay, y tenemos un secreto.

Y es que la tía Marta me dejó dormir ayer en su cama enoooorme, donde caben un montón de Argis. El caso es que la tía estaba leyendo en la cama y yo me senté en mi camita de mi habitación. Entonces miré a la tía Marta muy fijo, como hago cuando veo un trozo de comida que me van a regalar, y cuando la tía me observó y me vio sentado, portándome la mar de bien, con mis ojos muy fijos, me incorporé y agité el rabo con todas mis fuerzas. Y la tía se rió mucho y me preguntó que qué pasaba, que no empezara a compartarme como un manipulador y que si quería dormir en su cama. Y, mientras pronunciaba esa última frase, golpéo con la mano derecha la colcha varias veces y yo pegué un salto rápido y me planté a su lado. Y la tía se volvió a reír. Así que he dormido en la cama de la tía, pero me ha dicho que no diga nada, porque a mamá no le gusta que perrito duerma en camas de humanos. Y por eso no voy a contar nuestro secreto a nadie.