Aprendizaje canino (II)

La tía Marta me ha dicho que la tomo por el pito de un sereno, que no le tengo respeto y que debo de tener un problema de aprendizaje retardado. Y todo porque hoy, cuando me ha tirado a bam bam, he corrido por el pasillo a cogerlo, moviendo el rabo sin parar; he vuelto la mar de contento, porque quería que me lo lanzara otra vez; y, en lugar de dejar que me lo quitara de la boca, tirando con todas sus fuerzas, lo he depositado en el suelo, enfrente de sus pies, y me la he quedado mirando muy quieto y tranquilo.

Entonces la tía Marta me ha mirado con la boca muy abierta, como me pasa a mí después de correr alrededor de un perrito en la hierba, y con unos ojos que se salían de sus órbitas, como me sucede cuando la tía me ofrece un trozo de pan. Y ha cogido a bam bam, me ha observado con curiosidad y lo ha vuelto a lanzar. Y yo he corrido muy rápido, he agarrado a bam bam con los dientes, he regresado donde la tía agitando la cola y lo he vuelto a dejar a sus pies, muy quieto y tranquilo. Y la tía Marta ha abierto mucho más la boca, como hago yo cuando bostezo; ha recogido a bam bam muy despacio, como si estuviera muy cansada, y lo ha tirado muy lejos. Y he corrido tras bam bam, y lo he mordido, y lo he dejado de nuevo en el suelo, enfrente de ella. Y no sé muy bien por qué, pero ha sido entonces cuando la tía Marta ha empezado a decir un montón de cosas, como lo del pito del sereno, el respeto y el aprendizaje retardado, y otras más, como que se mata a enseñarme comportamientos que deben exhibir los buenos perritos para que ahora vaya yo de perrito autodidacta, que así va la educación de este país y que no sabe a dónde vamos a llegar. Y, como hablaba sin parar, yo me he puesto muy contento y he movido mucho la cola, porque sabía que la tía Marta estaba hablando de mí y que lo siguiente que haría, cuando se calmara, sería lanzarme de nuevo a bam bam una y otra vez.

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Los instintos perrunos de la tía Marta

A veces la tía Marta hace cosas muy raras. Como esta tarde. Cuando salimos a pasear y no quedan miembros alfas con sus seguidores por la calle, la tía Marta mira alrededor y, si no ve a nadie, me dice: “Eh, enano”, y se pone a correr por el parque sin parar, y yo la sigo corriendo muy rápido, hasta que logro adelantarla. Entonces, da media vuelta y vuelve a correr, y yo también doy media vuelta  y sigo corriendo hasta alcanzarla. Y yo me pongo muy contento y muy nervioso, y corro hacia delante y hacia atrás, y voy hacia la tía, y doy vueltas alrededor de ella, y salto hacia arriba, como si quisiera golpear una pelota con la cabeza, y luego giró alrededor mío, como si quisiera morderme la cola, y la tía me toca la cabeza, y yo me tumbo en el suelo de lado o panza arriba para que la tía Marta me toque sin parar. Y me levanto y entonces soy yo el que empieza a correr, y la tía Marta corre hacia el otro lado, y yo la sigo. Y me vuelve a acariciar y me dice que soy un buen perrito, que soy el perrito más guapo del mundo mundial y que la tía Marta no sabe qué haría sin el pequeño Argi.

 

Peloteando en el pasillo

Me encanta la pelota de tenis. Es mi segundo juguete preferido del mundo, después de bam bam, porque bam bam lo puedo morder, y romper, y agitar de un lado a otro; en cambio, la pelota de tenis sólo puedo cogerla con los dientes si abro mucho la boca y luego, si ladro, casi no se me escucha, y mi ladrido suena como si fuera de un perrito muy gordo que se encontrara dentro de una cueva muy profunda.

Sin embargo, yo creo que la tía Marta se divierte más con la pelota que con bam bam, porque cuando me tira la pelota se ríe mucho más, aunque no sé si se ríe de mí o conmigo, porque muchas veces la tía Marta me mira y se ríe sin razón. Y, cuando jugamos, la tía Marta me llama y me enseña la pelota, y yo me quedo muy quieto, con los ojos casi fuera de mis órbitas, esperando a que la lance por el pasillo. Y amaga una vez, y después otra, y yo empiezo a correr y vuelvo, porque la pelota sigue en su mano. Y luego me la tira, pero no me la tira recto por el pasillo, sino que hace que rebote de una pared a otra, y yo corro hacia un lado y luego hacia el otro, y doy vueltas sobre mí mismo hasta que consigo cogerla. Y regreso donde la tía Marta, moviendo el rabo y ladrando como un perro muy gordo en una cueva profunda, y la tía me tiene que quitar a la fuerza la pelota.

Pero otras veces la tira muy fuerte contra la pared de enfrente y, cuando voy tras ella, rebota y vuelve hacia atrás, y la tía Marta también corre por el pasillo y la agarra antes que yo. Pero no la agarra con los dientes, como hago yo, con la boca muy abierta, sino con las manos. Y me mira y se ríe un montón. Y yo muevo el rabo esperando que me vuelva a lanzar la pelota.

Tardes de juegos

La tía Marta es guay, porque juega conmigo un montón. Cuando estoy cansado de dormir, busco a bam-bam por las habitaciones de la casa para jugar con la tía Marta. Bam-bam es mi juguete preferido, porque es tan grande como un hueso enorme y, como no se puede comer, puedo moderlo sin parar, porque nunca se acaba, y sabe a los pantalones que lleva la tía cuando le muerdo las rodillas para decirle que, si sale de casa, me tiene que llevar con ella, porque yo soy miembro de su manada y tenemos que ir juntos a todos sitios.

Bam-bam es de colores. Y, cuando lo encuentro, lo cojo con los dientes y lo sacudo de un lado a otro, y lo golpeo en el suelo, y luego voy adonde la tía Marta, moviendo el rabo sin parar, y lo deposito ante sus pies, y me siento muy quieto, y la miro con cara de perro bueno y obediente que está aburrido y quiere jugar. Y si hace un ademán de agacharse para cogerlo, me adelanto y lo vuelvo a morder, y así la tía Marta tiene que tirar un montón, con todas sus fuerzas, para quitármelo de la boca. Y cuando lo consigue, me pongo muy nervioso y contento a la vez, y muevo la cola sin cesar, y salto tan alto como dos Argis, y espero a que la tía Marta me lance a bam-bam por el pasillo parra correr detrás de él y volver a empezar. La tía Marta es guay.