El perro baboso

Hoy ha venido un perro enoooorme a saludarme. Era tan alto como tres o cuatro Argis, y, cuando he visto que se acercaba hacia mí, he empezado a mover el rabo sin parar, una y otra vez, para demostrarle que yo era un buen perrito, agradable en el trato y enemigo de las broncas, y que si quería podíamos ser amigos. Sin embargo, a la tía Marta parece que no le ha gustado nada, porque, cuando el perrito grande se hallaba a apenas unos pasos de mí, ha empezado a llamarme de forma insistente: “Argi, ven aquí… (…) ¡Que vengas aquí!”. Claro que, como yo no quería resultar descortés, porque el perro grande ya estaba olfateándome el culo y el pito, mientras la tía Marta gritaba, me he quedado muy quieto, para que me husmeara bien.

Entonces la tía Marta ha empezado a hacer aspavientos y le ha ordenado al perro grande que se fuera, y le ha recriminado que tenía su enorme boca llena de enormes babas blancas, que colgaban de un lado a otro, como un columpio, y que iba a cubrir al pobre Argi de babas, y que al pobre Argi le tendría que limpiar la pobre tía Marta, quien -todo hay que decirlo- no estaba para aguantar babosos, y menos perros. Y entonces he notado un plastón en la pata trasera izquierda, muy fresco y muy húmedo, y la tía Marta ha dicho no-sé-qué-de-qué-asco-dios-mío-lo-que-hay-que-aguantar. Y, como la tía ha insistido, el perro grande se ha ido, y yo le he mirado muy contento a la tía Marta, moviendo el rabo sin parar, y la tía Marta ha sacado un kleenex del bolso, ha puesto cara de asco, me ha limpiado la patita trasera y me ha castigado sin sofá.

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El libro de la tía Marta

A veces la tía Marta se comporta como una desequilibrada. Como esta mañana. Como, según parece, hoy no tenía que ir a recaudar dinero para construir parques y jardines, la tía Marta se ha levantado más tarde de lo normal, pero, cuando hemos salido a la calle, no hemos ido directamente al parque de los pises y cacas de las mañanas, sino que hemos andado un montón por un montón de calles con un montón de tiendas. Y la tía Marta ha entrado a ese montón de tiendas en las que no había nada interesante, porque no olía a comida ni a perritos, sino a papel y a tinta, porque quería no-sé-qué-de-un-libro-de-un-diario que ni se come ni nada. Así que, en lugar de hacer pises entre los arbustos, los árboles y la hierba, he marcado mi camino por el asfalto parándome en las esquinas, en los bolardos y en las farolas. Y definitivamente no es lo mismo.

Después de un buen número de idas y venidas, la tía Marta ha debido encontrar lo que buscaba, y se ha puesto muy contenta. Y yo también me he puesto muy contento, porque la tía me ha llevado por fin a un jardín, que no ha sido el parque de los pises y cacas de las mañanas, y así he podido hacer cacas, y olfatear a otros perritos, y mear por todos los rincones como le gusta a todo buen perrito que se precie.

El frescor de la hierba

Esta tarde hemos ido a un parque que no es el parque de los pises y cacas de las mañanas y la tía Marta me ha dejado estar un montón de tiempo oliendo culos de otros perritos, y meando en la hierba y en los árboles, y olfateando el suelo. Creo que cuando la tía Marta me deja estar un montón de tiempo en el parque sin chistarme todo el rato es porque se siente culpable no sé muy bien de qué. Quizá porque se ha pasado toooodo el día fuera de casa y, cuando ha vuelto y le he lamido las piernas para saludarla, sabía a crema para el sol y a aftersun. Pero no lo sé muy bien.

El caso es que me encontraba muy feliz, porque, aunque todavía hacía un poco de calor, había un montón de perritos como yo que acaban de salir a la calle. Y, cuando me acercaba a saludarles, los miembros alfa de esos perritos me miraban con una sonrisa y me tocaban sin parar. Así que estaba muy contento y, como la hierba estaba fresca y olía a otros perritos, me he revolcado de espaldas una y otra vez sobre la hierba. Primero, hacia la derecha; luego, hacia la izquierda. Y la tía Marta se ha reído mucho, porque la tía se ríe sin parar cada vez que me restriego sobre la hierba, porque dice que se me ve muy feliz.

Mi otro yo

Esta tarde, en el parque que no es el parque de los pises y cacas de las mañanas, me he encontrado con un perrito tan pequeño como yo, paseado por un miembro alfa muy mayor. Y el miembro alfa muy mayor me ha mirado muy fijamente, y ha mirado muy fijamente a su perrito, y ha mirado muy fijamente a la tía, y luego se ha reído mucho y ha exclamado que su perrito y yo parecíamos hermanos. Y yo me he quedado muy quieto, por si el perrito que parecía mi hermano quería acercarse a mí, a olerme el trasero, pero el perrito que parecía mi hermano no se ha movido y se ha mantenido muy erguido, desafiante.

Entonces, he movido un poco el rabo para que viera que yo soy un buen perrito, que no me gusta nada dominar a otros perritos y que podía husmearme el culo tranquilamente, porque a mí me gusta mucho hacer amigos y no me agradan para nada las peleas ni las provocaciones. Pero el perrito que parecía mi hermano no se ha inmutado y ha continuado desafiándome, todo tenso, y yo he notado cómo se me erizaba el pelo del lomo, y cómo se me doblaban las orejas hacia adelante, y cómo mi cara adoptaba un rictus de “vámonos de aquí, tía Marta, que éste busca problemas”. Y la tía me ha mirado fijamente, ha mirado fijamente al perrito que parecía mi hermano, ha mirado fijamente al miembro alfa mayor que lo paseaba, y le ha respondido que sí, que tenían un aire, y nos hemos ido de allí muy rápido, porque, como me ha dicho luego la tía, ese perrito, aunque tuviese una carita muy parecida a la mía, no era para nada como yo.

Noche de excursión

Hoy me he despertado en la cama de la tía Marta, pero no era la cama enoooorme donde caben un montón de Argis, sino una cama más pequeña, donde caben la mitad de Argis o así. Y entonces me he acordado de que estábamos en casa de la abuela Josefina, porque ayer se reunía la manada de la tía Marta, y venía la tía Natalia, que además de tía es emigrante, y nos quedamos a dormir allí.

Por eso, la tía ayer hizo una mochila enooorme con un montón de cosas suyas y un montón de cosas mías, y metió un cojín muy grande para mí. Y luego me preparó una cama superchula en casa de la abuela y nos pusimos a dormir. Pero, cuando estábamos durmiendo, empezaron a sonar un montón de petardos, y de fuegos artificiales, y de tracas, y yo empecé a ladrar muy alto, porque, cuando hay mucho ruido, me da mucho miedo, y tiemblo, y oigo a un montón de otros perritos ladrar. Entonces, la tía Marta se levantó y me llevó a su cama, y me explicó que no pasaba nada, que sólo era que se acababan las fiestas, y que tenía que ser un buen perrito y no ladrar, porque, si no, iba a despertar a todo el vecindario y entonces iba a temblar con razón. Y ya me tranquilicé y no ladré nada, aunque seguía habiendo un montón de ruido.

Y hoy nos hemos despertado muy pronto en casa de la abuela y la tía Marta me ha llevado a casa y, como hemos pasado por al lado de su trabajo, me ha dicho que íbamos a conocer al tío Santi, que es un humano que es el miembro alfa de su trabajo de recaudar dinero para hacer parques y jardines. Y, como a mí me gustan un montón los miembros alfa, el tío Santi me ha llamado piltrafillas y yo me he acercado muy contento, moviendo el rabo sin parar. Y también estaba el tío Iñaki, que también es de la manada del trabajo de la tía. Y luego hemos vuelto a casa y he comido un montón de sabrosas bolitas.

 

Día de bochorno

Hoy hacía muuuuucho calor en la calle. Hacía tanto calor que la tía Marta me ha obligado a beber un montón de agua antes de salir de casa, porque me ha explicado que, como estoy cubierto todo de pelos, me iba a asfixiar si no me hidrataba bien. Y hacía tanto calor que la tía Marta no me ha puesto el pañuelo rojo porque son fiestas, aunque ella sí lo llevaba. Y la tía tenía razón, porque, cuando hemos pisado la acera, he notado todo el calor reconcentrado en mis pezuñas y hemos cruzado la calle muy rápido para buscar la sombra.

Hacía tanto calor que hemos tardado lo que me han parecido cientos y cientos de pasos en recalar en el parque de los pises y cacas de las mañanas. Pero no me ha importado nada porque, cuando hemos llegado allí, la tía Marta ha sacado un tupper de plástico de una bolsa. Y todo el mundo sabe que en los tupper hay comida. Así que me he puesto muy nervioso, he empezado a mover el rabo sin parar y luego me he sentado muy quieto al lado de la tía, en medio del parque, para que me diera algo. Pero la tía Marta no ha sacado nada del tupper. Me ha mirado fijamente y se ha echado a reír, y me ha dicho que era un orco con forma de perro, que si no me daba vergüenza ser tan tragón con todos los perritos que pasan hambre en el mundo y que ya había desayunado mis sabrosas bolitas por la mañana. Y luego ha llenado el tupper de agua de la fuente para no sé qué cosa de que perrito-no-se-nos-muera-con-este-calor o algo así, y ha dejado el tupper en el suelo.

Como no me gusta contrariar a la tía, he bebido un poco de agua, pero, como había un tupper, y en todos los tupper hay comida, me he vuelto a sentar muy quieto, porque seguro que si me sentaba quieto había comida. Entonces, la tía me ha vuelto a mirar muy fijo, ha farfullado no sé qué cosa de que soy imposible, ha tirado el agua del tupper y lo ha vuelto a guardar en la bolsa.

Noche de fiestas

Esta noche he salido a pasear con la tía Marta por el parque de los pises y cacas de la mañana y me lo he pasado la mar de bien, porque en fiestas encuentras un montón de comida por la calle. Parece que a los humanos les gusta celebrar las fiestas tirando restos de bocadillos por las aceras y los jardines y, si olfateas bien, siempre te topas con un trozo de pan, una loncha de queso, un poco de chorizo o un pedazo de lomo.

Pero a la tía Marta no le gusta que yo me divierta en fiestas, así que me ha atado con la correa y me ha dicho que antes loca que dejarme suelto por ahí; que, conociéndome, volvería a casa rodando como un tonel; que hay mucho blusa suelto por ahí; que los blusas son humanos vestidos raros que se comportan como perritos vagabundos y sin educación, y que no se fiaba un pelo porque seguro que perrito esconde un alma de blusa detrás de su estómago hipertrofiado. Así que he paseado toooodo el rato con la correa y, cada vez que olía un trozo de comida e intentaba acercarme hasta él para engullirlo, la tía Marta tiraba de la correa hacia otro lado y me decía: “Ni se te ocurra, ¿eh? Ni se te ocurra”. Y otras veces se paraba en seco y  me hacía dar una vuelta enooooorme, guiándome con la correa, porque había un montón de cristales superchulos de todos los colores en el suelo que la tía llama botellas rotas. Y nos lo hemos pasado muy bien y después nos hemos ido a casa porque la tía Marta trabaja mañana.