El frescor de la hierba

Esta tarde hemos ido a un parque que no es el parque de los pises y cacas de las mañanas y la tía Marta me ha dejado estar un montón de tiempo oliendo culos de otros perritos, y meando en la hierba y en los árboles, y olfateando el suelo. Creo que cuando la tía Marta me deja estar un montón de tiempo en el parque sin chistarme todo el rato es porque se siente culpable no sé muy bien de qué. Quizá porque se ha pasado toooodo el día fuera de casa y, cuando ha vuelto y le he lamido las piernas para saludarla, sabía a crema para el sol y a aftersun. Pero no lo sé muy bien.

El caso es que me encontraba muy feliz, porque, aunque todavía hacía un poco de calor, había un montón de perritos como yo que acaban de salir a la calle. Y, cuando me acercaba a saludarles, los miembros alfa de esos perritos me miraban con una sonrisa y me tocaban sin parar. Así que estaba muy contento y, como la hierba estaba fresca y olía a otros perritos, me he revolcado de espaldas una y otra vez sobre la hierba. Primero, hacia la derecha; luego, hacia la izquierda. Y la tía Marta se ha reído mucho, porque la tía se ríe sin parar cada vez que me restriego sobre la hierba, porque dice que se me ve muy feliz.

El cumpleaños de la tía Asun

Como hoy ha sido el cumpleaños de la tía Asun, la tía Marta me ha llevado a casa de la abuela Josefina. Pero, cuando hemos llegado, la tía Marta me ha metido en el cuarto de la abuela y me ha dicho muy seria que me sentara en el suelo, porque tenía que hablar conmigo. Entonces, ha puesto en la habitación mi bebedero de casa de la abuela con agua y una sábana la mar de fresca que la abuela me deja para que me pueda tumbar allí, y me ha explicado que toda su manada se iba a ir a no-sé-dónde a comer no-sé-qué y que perrito no podía ir porque en ese sitio no podían entrar perritos como yo, y que yo me tenía que quedar en casa, en esa habitación, y ser un buen perrito, y portarme muy bien para que la tía se sintiera muy orgullosa de mí, y que en menos que me como un hueso de galleta o galleta de hueso estarían de vuelta. Y yo me he quedado muy triste, porque yo quería ir también con toda la manada, pero no podía ser porque en el sitio al que iban no podía entrar. Y, antes de irse, la tía Marta me ha acariciado un montón y me ha dicho que soy el perrito más bonito del mundo mundial, y que me iba a echar mucho de menos.

Así que me he tumbado en la sábana la mar de fresca y he dormitado hasta que he oído la puerta de entrada de casa y me he puesto muy nervioso porque ya estaban aquí. Entonces, la tía Marta ha abierto la puerta de la habitación y yo he salido muy nervioso, moviendo el rabo sin parar, y todo gordo de la emoción. Y la tía se ha reído mucho, y ha cogido el bebedero y la sábana y las ha llevado de vuelta a la cocina. Y como me he portado muy bien, y era el cumpleaños de la tía Asun, la tía Asun me ha dado un hueso de galleta o galleta de hueso.

Mi rincón en el sofá

Lo que más me gusta del mundo mundial -además de comer sabrosas bolitas, encontrar restos de comida por la calle, pasear con la tía Marta, jugar con bam-bam, correr tras la pelota de tenis, olisquear los culos de otros perritos, mear por todas partes, que me acaricien todo el rato sin parar y revolcarme en la hierba- es tumbarme en el sofá. El sofá está guay, porque es más grande que mi camita de Sugus de fresa, y que mi camita de rayas azules, verdes y blancas, y que mi camita del dormitorio de la tía. Por eso, cuando la tía me da permiso, pego un salto enorme y me planto en medio del sofá. Y, como la tía sólo me deja subir al sofá cuando está ella, eso significa que, además de disfrutar de los cojines blandos, la tía me va a tocar una y otra vez, y me va a decir un montón de cosas bonitas, como que soy el perrito más bonito del mundo mundial, que cómo es posible querer tanto a un perrito tan pequeño y que no sabe qué haría la tía Marta sin el pequeño Argi.

Por eso, esta noche, cuando la tía Marta me ha llamado para que subiera al sofá, me he puesto la mar de contento y me he acercado moviendo el rabo sin parar. Y, cuando la tía se ha cansado de acariciarme y de decirme cosas bonitas, me he acurrucado en una esquina, sobre un cojín, para no molestar.

 

 

 

Mi otro yo

Esta tarde, en el parque que no es el parque de los pises y cacas de las mañanas, me he encontrado con un perrito tan pequeño como yo, paseado por un miembro alfa muy mayor. Y el miembro alfa muy mayor me ha mirado muy fijamente, y ha mirado muy fijamente a su perrito, y ha mirado muy fijamente a la tía, y luego se ha reído mucho y ha exclamado que su perrito y yo parecíamos hermanos. Y yo me he quedado muy quieto, por si el perrito que parecía mi hermano quería acercarse a mí, a olerme el trasero, pero el perrito que parecía mi hermano no se ha movido y se ha mantenido muy erguido, desafiante.

Entonces, he movido un poco el rabo para que viera que yo soy un buen perrito, que no me gusta nada dominar a otros perritos y que podía husmearme el culo tranquilamente, porque a mí me gusta mucho hacer amigos y no me agradan para nada las peleas ni las provocaciones. Pero el perrito que parecía mi hermano no se ha inmutado y ha continuado desafiándome, todo tenso, y yo he notado cómo se me erizaba el pelo del lomo, y cómo se me doblaban las orejas hacia adelante, y cómo mi cara adoptaba un rictus de “vámonos de aquí, tía Marta, que éste busca problemas”. Y la tía me ha mirado fijamente, ha mirado fijamente al perrito que parecía mi hermano, ha mirado fijamente al miembro alfa mayor que lo paseaba, y le ha respondido que sí, que tenían un aire, y nos hemos ido de allí muy rápido, porque, como me ha dicho luego la tía, ese perrito, aunque tuviese una carita muy parecida a la mía, no era para nada como yo.

Circuito de sabrosas bolitas

La tía Marta se ha vuelto a enfadar conmigo porque, cuando encuentro restos de comida por la calle, los engullo del tirón. Y, como esta mañana una miembro alfa que paseaba con su perrito le ha explicado no-sé-qué-cosa de que no-sé-a-quién le pasó no-sé-dónde no-sé-qué de que su perrito se murió por comer un trozo de chorizo envenenado de la calle, me ha dicho que me aplicara el cuento, que a muchos perritos les pierde su voracidad, que a ver si aprendía y que, si no aprendía yo por mi cuenta, ya se encargaría ella de enseñarme.

Así que esta noche, cuando hemos vuelto del paseo, la tía Marta no ha llenado el cuenco de bolitas y lo ha depositado en el suelo de la cocina, como acostumbra, sino que ha empezado a hacer cosas muy raras, como poner dos filas de sabrosas bolitas a lo largo del pasillo y el comedero con el resto de bolitas en medio de las filas, al final del recorrido. Luego me ha ordenado que me sentara al inicio del pasillo, atento a sus movimientos, y ha recorrido el pasillo señalando las bolitas del suelo y diciendo, “no”, “no”, “no”, “no”, muy seria. Y yo me he quedado muy quieto, porque, si me quedaba quieto, sabía que me dejaría acercarme al cuenco, para comer todas las bolitas del tirón, porque las del pasillo no me interesaban lo más mínimo, porque eran pocas. Entonces la tía me ha dicho: “Venga”. Y he salido corriendo, he llegado al comedero y me he tragado todas las bolitas del tirón.

Cuando he terminado, he visto que había más bolitas en el suelo, en dos filas, y he salido disparado hacia allí, y me he comido una. Entonces, la tía ha gritado: “Noooo”, muy nerviosa. Y, como ya tenía la bolita en la boca, he pensado que lo mejor era comérmela, para no manchar todo el suelo. Y me la he tragado, y luego he bajado el rabo, y la tía Marta me ha dicho que no, que no, que no. Y yo no entendía nada, porque eran sabrosas bolitas, como las del cuenco, pero en el  suelo del pasillo, pero he hecho caso a la tía, porque es mi miembro alfa, y he dejado que me guiara hasta la cocina, sin acercarme al resto de bolitas.

Luego, la tía ha señalado de nuevo las bolitas y ha repetido “no”, “no”, “no”. Y me ha obligado a atravesar el pasillo sin poder olisquear las bolitas, porque, si intentaba acercarme, chillaba “noooo”. Y hemos ido y venido un par de veces. Y la tía Marta se ha puesto muy contenta, y me ha felicitado, y me ha dicho que muy bien, que era muy buen perrito, el perrito más bonito del mundo mundial, y me ha acariciado un montón. Por eso, cuando hemos vuelto a pasar de nuevo por el recorrido, y como me había felicitado, he pensado que me merecía una bolita. Y me he comido una. Y la tía ha vuelto a gritar “nooo”. Y así, un montón de idas y venidas, entre felicitaciones y gritos, hasta que la tía Marta ha dicho que era imposible, que conmigo no había manera, que se rendía y que no había nacido humano capaz de domar mi ansia. Y, como la tía ya no decía nada, me he tragado a placer las últimas bolitas.

Trabajo en sábado

Hoy ha sido un día muy raro, porque la tía Marta se ha levantado más tarde de lo normal, como hace los días en que no va a recaudar dinero para construir parques y jardines, pero luego ha pasado un montón de horas fuera, como cuando me dice que me quede quieto en la cocina “ahí, ahí”, porque se tiene que ir a trabajar.

Por la mañana, hemos paseado por el parque de los pises y cacas de las mañanas, pero hemos olisqueado muchos más árboles que nunca, y muchos más culitos de perros, y muchos más trozos de hierba. Luego la tía Marta ha atado la correa a una farola y me ha pedido que me sentara, y yo me he sentado porque siempre hago caso al líder de mi manada, y me ha acariciado en la cabeza varias veces y me ha repetido “ahí, ahí, ahí”, señalándome con el dedo, y ha entrado a una tienda y luego ha salido con una cosa en la mano que se llama periódico y con un trozo enorme de pan que olía la mar de bien. Me gusta mucho acompañar a la tía Marta a comprar el pan, porque, si olfateas bien, puedes distinguir desde fuera el olor de los bollos, del pan, de los pasteles y de un montón de cosas más.

Después, la tía Marta me ha llevado a casa, ha hecho su mochila y ha metido un montón de cosas, aunque ninguna era de perrito. Por eso, he seguido a la tía de un lado a otro por toda la casa, para que se acordara de mí y también cogiera mis cosas, pero la tía Marta me ha mirado con ojos muy tristes y muy culpables, y me ha explicado que no podía ser, que hoy perrito se tenía que quedar en casa como un perrito mayor porque la tía se iba a la piscina, y que en la piscina dejan entrar a niños pero no pueden entrar perritos; y que, como hacía calor, estaría mejor en casa, durmiendo en mi camita; y que ella volvería enseguida, en menos de lo que tardo en comerme un hueso de galleta o galleta de hueso. Y la tía me ha mirado otra vez con ojos muy tristes y culpables, y se ha ido.

Pero enseguida ha vuelto la tía. No sé cuánto ha tardado, porque me he quedado dormido en mi camita de Sugus de fresa, pero ha estado guay, porque, como tenía otra vez mirada culpable, hemos paseado un montón por el parque, y me lo he pasado la mar de bien.

Noche de excursión

Hoy me he despertado en la cama de la tía Marta, pero no era la cama enoooorme donde caben un montón de Argis, sino una cama más pequeña, donde caben la mitad de Argis o así. Y entonces me he acordado de que estábamos en casa de la abuela Josefina, porque ayer se reunía la manada de la tía Marta, y venía la tía Natalia, que además de tía es emigrante, y nos quedamos a dormir allí.

Por eso, la tía ayer hizo una mochila enooorme con un montón de cosas suyas y un montón de cosas mías, y metió un cojín muy grande para mí. Y luego me preparó una cama superchula en casa de la abuela y nos pusimos a dormir. Pero, cuando estábamos durmiendo, empezaron a sonar un montón de petardos, y de fuegos artificiales, y de tracas, y yo empecé a ladrar muy alto, porque, cuando hay mucho ruido, me da mucho miedo, y tiemblo, y oigo a un montón de otros perritos ladrar. Entonces, la tía Marta se levantó y me llevó a su cama, y me explicó que no pasaba nada, que sólo era que se acababan las fiestas, y que tenía que ser un buen perrito y no ladrar, porque, si no, iba a despertar a todo el vecindario y entonces iba a temblar con razón. Y ya me tranquilicé y no ladré nada, aunque seguía habiendo un montón de ruido.

Y hoy nos hemos despertado muy pronto en casa de la abuela y la tía Marta me ha llevado a casa y, como hemos pasado por al lado de su trabajo, me ha dicho que íbamos a conocer al tío Santi, que es un humano que es el miembro alfa de su trabajo de recaudar dinero para hacer parques y jardines. Y, como a mí me gustan un montón los miembros alfa, el tío Santi me ha llamado piltrafillas y yo me he acercado muy contento, moviendo el rabo sin parar. Y también estaba el tío Iñaki, que también es de la manada del trabajo de la tía. Y luego hemos vuelto a casa y he comido un montón de sabrosas bolitas.