El perro baboso

Hoy ha venido un perro enoooorme a saludarme. Era tan alto como tres o cuatro Argis, y, cuando he visto que se acercaba hacia mí, he empezado a mover el rabo sin parar, una y otra vez, para demostrarle que yo era un buen perrito, agradable en el trato y enemigo de las broncas, y que si quería podíamos ser amigos. Sin embargo, a la tía Marta parece que no le ha gustado nada, porque, cuando el perrito grande se hallaba a apenas unos pasos de mí, ha empezado a llamarme de forma insistente: “Argi, ven aquí… (…) ¡Que vengas aquí!”. Claro que, como yo no quería resultar descortés, porque el perro grande ya estaba olfateándome el culo y el pito, mientras la tía Marta gritaba, me he quedado muy quieto, para que me husmeara bien.

Entonces la tía Marta ha empezado a hacer aspavientos y le ha ordenado al perro grande que se fuera, y le ha recriminado que tenía su enorme boca llena de enormes babas blancas, que colgaban de un lado a otro, como un columpio, y que iba a cubrir al pobre Argi de babas, y que al pobre Argi le tendría que limpiar la pobre tía Marta, quien -todo hay que decirlo- no estaba para aguantar babosos, y menos perros. Y entonces he notado un plastón en la pata trasera izquierda, muy fresco y muy húmedo, y la tía Marta ha dicho no-sé-qué-de-qué-asco-dios-mío-lo-que-hay-que-aguantar. Y, como la tía ha insistido, el perro grande se ha ido, y yo le he mirado muy contento a la tía Marta, moviendo el rabo sin parar, y la tía Marta ha sacado un kleenex del bolso, ha puesto cara de asco, me ha limpiado la patita trasera y me ha castigado sin sofá.