El perrito aspirador

La tía Marta dice que soy como un aspirador. O mucho mejor, porque el aspirador hay que sacarlo del armario, desenrollar el cable, conectarlo y ponerlo a funcionar. En cambio, yo soy mucho más rápido. Por eso, cuando a la tía se le cae un resto de comida al suelo, me llama muy alto: “Argi, Argi, ven aquí”. Y yo voy muy contento, agitando la cola de un lado a otro, y la tía Marta me señala en el suelo dónde debo atacar, y yo me lanzo, raudo y veloz, por si la tía cambia de opinión.

Entonces pego un lametón en el suelo o abro mucho la boca, y saboreo la comida de la tía. Y a veces encuentro migas de pan, o restos de galletas, o un trocito de zanahoria, o de lechuga, o un chorretón de gazpacho. Y, como me gusta un montón, luego me siento al lado de la tía y aguardo, esperanzado, a que a la tía se le caiga algo más. Y, si no se le cae, la miro con ojos muy tristes, de perrito encontrado en una gasolinera que ha pasado mucha hambre. Y la tía Marta me observa muy divertida, esbozando una sonrisa, y me dice que no sea manipulador, que ya está, que no le doy la más mínima pena y que ya me puedo volver a mi camita a descansar, porque no me va a dar nada más.

 

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Día de bochorno

Hoy hacía muuuuucho calor en la calle. Hacía tanto calor que la tía Marta me ha obligado a beber un montón de agua antes de salir de casa, porque me ha explicado que, como estoy cubierto todo de pelos, me iba a asfixiar si no me hidrataba bien. Y hacía tanto calor que la tía Marta no me ha puesto el pañuelo rojo porque son fiestas, aunque ella sí lo llevaba. Y la tía tenía razón, porque, cuando hemos pisado la acera, he notado todo el calor reconcentrado en mis pezuñas y hemos cruzado la calle muy rápido para buscar la sombra.

Hacía tanto calor que hemos tardado lo que me han parecido cientos y cientos de pasos en recalar en el parque de los pises y cacas de las mañanas. Pero no me ha importado nada porque, cuando hemos llegado allí, la tía Marta ha sacado un tupper de plástico de una bolsa. Y todo el mundo sabe que en los tupper hay comida. Así que me he puesto muy nervioso, he empezado a mover el rabo sin parar y luego me he sentado muy quieto al lado de la tía, en medio del parque, para que me diera algo. Pero la tía Marta no ha sacado nada del tupper. Me ha mirado fijamente y se ha echado a reír, y me ha dicho que era un orco con forma de perro, que si no me daba vergüenza ser tan tragón con todos los perritos que pasan hambre en el mundo y que ya había desayunado mis sabrosas bolitas por la mañana. Y luego ha llenado el tupper de agua de la fuente para no sé qué cosa de que perrito-no-se-nos-muera-con-este-calor o algo así, y ha dejado el tupper en el suelo.

Como no me gusta contrariar a la tía, he bebido un poco de agua, pero, como había un tupper, y en todos los tupper hay comida, me he vuelto a sentar muy quieto, porque seguro que si me sentaba quieto había comida. Entonces, la tía me ha vuelto a mirar muy fijo, ha farfullado no sé qué cosa de que soy imposible, ha tirado el agua del tupper y lo ha vuelto a guardar en la bolsa.

Noche de fiestas

Esta noche he salido a pasear con la tía Marta por el parque de los pises y cacas de la mañana y me lo he pasado la mar de bien, porque en fiestas encuentras un montón de comida por la calle. Parece que a los humanos les gusta celebrar las fiestas tirando restos de bocadillos por las aceras y los jardines y, si olfateas bien, siempre te topas con un trozo de pan, una loncha de queso, un poco de chorizo o un pedazo de lomo.

Pero a la tía Marta no le gusta que yo me divierta en fiestas, así que me ha atado con la correa y me ha dicho que antes loca que dejarme suelto por ahí; que, conociéndome, volvería a casa rodando como un tonel; que hay mucho blusa suelto por ahí; que los blusas son humanos vestidos raros que se comportan como perritos vagabundos y sin educación, y que no se fiaba un pelo porque seguro que perrito esconde un alma de blusa detrás de su estómago hipertrofiado. Así que he paseado toooodo el rato con la correa y, cada vez que olía un trozo de comida e intentaba acercarme hasta él para engullirlo, la tía Marta tiraba de la correa hacia otro lado y me decía: “Ni se te ocurra, ¿eh? Ni se te ocurra”. Y otras veces se paraba en seco y  me hacía dar una vuelta enooooorme, guiándome con la correa, porque había un montón de cristales superchulos de todos los colores en el suelo que la tía llama botellas rotas. Y nos lo hemos pasado muy bien y después nos hemos ido a casa porque la tía Marta trabaja mañana.

La manzana de la abuela Josefina

La tía Marta me ha llevado hoy por la mañana a casa de la abuela Josefina, porque tenía que dejar allí no sé qué cosas de botellas para la comida de mañana. Así que, en lugar de pasear por el parque de los pises y cacas, hemos recorrido tooodo el trayecto hasta casa de la abuela olfateando las esquinas, husmeando los árboles y haciendo cacas en medio de la acera.

Cuando hemos llegado, la abuela Josefina me ha saludo muy alto y me ha hablado mucho, y me ha dicho que pobrecito, que dónde estaba mi mamá, que qué tal se portaba conmigo la tía Marta, que el perrito es una responsabilidad y un montón de cosas más. Y luego se ha puesto a cortar una manzana y, como me ha visto mirándola con los ojos muy fijo, y sentado muy quieto a su lado, le ha preguntado a la tía Marta si podía darme un poco de manzana. Y la tía Marta ha observado a la abuela Josefina, que estaba deseando darme un trozo de manzana, porque la abuela Josefina demuestra su amor a su manada con la comida y ahora yo soy de su manada. Y luego me ha observado a mí, que me había sentado muy quieto al lado de la abuela, y notaba mis ojos casi fuera de sus órbitas. Y le ha dicho que bueno, pero que un trocito pequeñito. Y la abuela Josefina me ha dado lo que ella considera un trocito pequeño, que son tres o cuatro trocitos. Y lo he pasado la mar de bien.

Los olvidos de la tía Marta

Hoy he salido de casa a pasear la mar de contento, porque la tía Marta no se ha ido rápido por la mañana, sino que se ha levantado más tarde y ha estado conmigo en casa haciendo cosas, y luego nos hemos ido a la calle. Pero los paseos de hoy han sido diferentes a los de otros días, porque, aunque yo he olfateado como siempre los culos de otros perritos, los árboles,  las farolas, y la hierba, a la tía Marta se le ha olvidado quitarme la correa.

Por eso, cuando ya estábamos en el parque y habíamos paseado un buen trecho y veía que la tía Marta no me soltaba, me he parado y la he mirado muy fijamente, para que se acordara de que, como estábamos en el parque, tenía que dejarme andar a mi aire, para poder husmear bien todos los rincones y buscar restos de comida por el suelo. Pero ella me ha mirado también fijamente y me ha dicho muy seria que eso les pasa a los perritos que no saben comportarse y que engullen todos los restos que se encuentran por la calle, que acaban castigados y paseando atados, y que así debía aprender la lección. Luego, ha tirado un poco de la correa para que yo siguiera andando y para zanjar la discusión. Y yo he reiniciado mi paso todo recto, husmeando bien el suelo, porque seguro que en algún sitio había un trozo de comida esperando mi llegada.

La llegada del verano

Como hoy hacía mucho calor, la tía Marta me ha sacado a hacer mis pises y cacas del mediodía y luego me ha llevado a casa, me ha dejado en la camita de Sugus de fresa de la cocina, y me ha explicado que me quiere mucho, que soy muy buen perrito y que el mejor sitio donde podía estar en un día tan caluroso como hoy era en casa, descansando, mientras ella se iba a la piscina a tomar el sol. Y yo me he puesto muy contento, porque la tía Marta me quiere un montón.

Así que me he quedado en la cocina, con bam bam, durmiendo toda la tarde, hasta que la tía Marta ha llegado de nuevo. Y la tía Marta sabía a crema hidratante, y la he lamido una y otra vez para que no se fuera de nuevo sin mí, y me ha dicho que, como ya hacía menos calor, íbamos a dar un buen paseo o algo así, porque como se estaba comiendo un helado no he prestado mucha atención a lo que decía.

Entonces la tía Marta me ha llevado al bebedero, y he bebido un poco de agua, y luego hemos salido. Y hemos ido a un parque distinto del de los pises y las cacas de las mañanas, y he jugado con otros perritos, y he olisqueado un montón de sitios, y la tía Marta me ha dado de beber en sus manos, porque tenía mucha sed. Y, como había un montón de niños con comida, me he parado cada vez que veía a uno, moviendo el rabo sin parar, para ver si me daban algo, pero no me han dado nada. Y he visto a una chica con una bolsa en la mano, y la he mirado muy fijamente y me he acercado a ella, y la chica se ha asustado y le ha dicho a la tía Marta que su perro la estaba mirando fijamente. Y la tía le ha explicado que era porque llevaba una bolsa, y que creía que era comida. Y la chica me ha mirado muy raro, le ha mirado muy raro a la tía Marta y se ha ido rápido, como si pensara que los dos estábamos locos. Y luego hemos vuelto a casa.

Fin de semana en Ullíbarri (II)

Como ayer vinimos a pasar el fin de semana a Ullíbarri, cuando hoy me he despertado todavía estábamos en el pueblo. Así que, después de desayunar, hemos ido a la sociedad porque el tío Txetxu tenía que preparar una cosa muy buena que se llama chorizo a la sidra, que huele la mar de bien pero que los perritos como yo no pueden comer, porque los perritos de ciudad como yo sólo comen sabrosas bolitas.

Despúes nos hemos acercado hasta un sitio muy grande con un montón de mesas, donde olía la mar de bien a comida y había mucha gente del pueblo. Y, si olfateabas un poco, sabías que había patatas fritas, y tortilla, y paté, y el chorizo a la sidra del tío Txetxu, y pan, y cortezas, y un montón de cosas más. Y, como a algunos se les caía algún trozo, porque hablaban y hablaban sin parar, yo he intentado coger los restos del suelo. Y, como la tía Marta me llevaba atado, tiraba de ella una y otra vez, y ella tiraba de mí una y otra vez, y me chistaba, y me repetía que ya me valía, que qué iban a pensar los señores del pueblo de perrito, que parecía un perrito abandonado que pasa mucha hambre y que me estuviese quieto. Y al final he podido probar algún trozo de patata frita, y de pan, y he chupado el suelo para saborear la salsa del chorizo a la sidra del tío Txetxu, porque el chorizo a la sidra, cuando lo muerdes, mancha el suelo.

Cuando la comida se ha acabado, la tía Marta me ha puesto un arnés rojo que no me gusta nada porque me molesta mucho, y me hace sentir un perrito disfrazado, y significa que nos vamos a meter en una máquina de cuatro ruedas que echa humo y atropella a perritos, y que vamos a ir muy rápido y nos vamos a marear. Entonces, cuando la tía me lo ha terminado de colocar bien, he bajado el rabo y lo he metido entre las patitas traseras, para que la tía viera que no me gustaba nada, aunque ella decidía, porque es el miembro alfa. Luego, nos hemos metido en la máquina de matar perritos de la tía Marta y hemos ido a tomar algo con los tíos, y después hemos vuelto a nuestra casa a descansar.