La tía Marta, ese miembro alfa

Ahora que mamá ha regresado, la tía Marta ha abandonado sus funciones de miembro alfa y de líder de la manada. Pero yo sé que siempre podré contar con ella, porque me ha explicado que ella seguirá siendo la tía Marta, y que siempre estará ahí para sacarme a pasear, para acompañarme a olfatear los culitos de otros perritos, para jugar con bam-bam y la pelota de tenis, para darme un buen hueso de galleta o galleta de hueso y para chistarme cuando intente succionar los restos de comida que me tope por la calle. Y es que la tía me ha confesado que le ha encantado convertirse en la líder de la manada de un perrito tan bueno como yo durante todo este tiempo; y que se ha reído mucho conmigo, porque perrito es muy divertido y muy salado; y que no existe en el mundo mayor alegría que llegar a casa y encontrarse a perrito moviendo el rabo sin cesar. 

Y a mí también me ha gustado mucho que la tía Marta fuera mi miembro alfa, porque me ha tocado un montón por todo el cuerpo y me ha dicho cientos de cosas bonitas, porque la tía Marta siempre inventa frases muy bonitas para reforzar mi confianza y mi autoestima, ya que sabe que soy un perrito abandonado en una gasolinera cuya actual mamá se ha marchado fuera unos meses. Además, la tía me ha llevado a pasear, y me ha acompañado al veterinario, y me ha protegido de perritos agresivos y babosos, y me ha llenado mi cuenco con miles de sabrosas bolitas, y me ha permitido dormir en su cama, y tumbarme en el sofá, y se ha preocupado por mí, y me ha bañado con cariño, y ha jugado conmigo, y me ha asesorado con el blog, y muchas cosas más. Por eso yo también quiero que la tía Marta siga siendo la tía Marta y se lo he demostrado lamiéndole un montón las piernas, que sabían a crema hidratante y aftersun. Te quiero mucho, tía Marta.

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¡Mamá ha vuelto!

No me lo podía creer, pero esta noche ¡ha vuelto mamá! El caso es que la tía Marta me ha puesto la cena y luego no nos hemos quedado todo el rato en casa hasta que llegara la hora de ir a la cama, sino que la tía Marta me ha colocado el collar verde y la correa, y me ha adelantado no-sé-qué-cosa  de que tenía una sorpresa muy grande para mí. Y yo me he puesto muy contento. No por lo que decía la tía, porque la tía Marta a veces olvida que soy un perrito y que no comprendo ni una palabra de su jerga, porque sus bla-bla-bla son para mí como para ella mis guau-guau-guau. No, no por eso. Me he puesto muy contento porque salíamos a la calle, y en la calle hay otros perritos, farolas que huelen a pises, restos de comida y un montón de cosas más.

Así que hemos paseado hasta un sitio donde reposaban un montón de máquinas enormes que echan humo, atropellan a perritos y pueden transportar a una manada enorme de humanos. Y allí nos hemos encontrado con los abuelos José Luis y Amelia, y con las primas Ane y Miren, y con las tías Olaia, Aran y Rosi. Y me he puesto muy contento. No porque hubiera tanta gente, sino porque debajo de un banco había restos de comida y, forzando un poco el cuello y tirando con insistencia de la correa, podía alcanzarlos sin problema.

Entonces, ha llegado una chica y todos se han puesto muy contentos, y la han saludado, y yo he intentado aprovechar el desconcierto para intentar engullir las apetitosas delicias aplastadas y ennegrecidas que se escondían debajo del banco, porque hasta ese momento la tía Marta me chistaba sin parar y no me dejaba comerlas. Y la tía Marta me ha dicho: “¡Mira, enano, quién está!”. Y yo he seguido olfateando el suelo, porque había comida.

Y luego, no sé muy bien cómo, me he dado cuenta de que la chica esa que se había bajado de una máquina con ruedas olía familiar, aunque no sabía muy bien de qué. Y que su voz también me sonaba un poco. Y entonces me he dado cuenta de que era mamá, y me he puesto la mar de contento, y la tía Marta se ha reído mucho, porque hasta entonces tenía cara de circunstancias. Y eso, que por fin ha vuelto mamá.

Los papeles de adopción

Hoy he visto los papeles de mi adopción. Yo ya sabía que era adoptado, porque mamá siempre me ha dicho que, cuando estaba en la gasolinera, llegué yo moviendo el rabo sin parar y con un collar rojo. Como no había ningún miembro alfa cerca, mamá llamó a unos humanos que huelen a perros y que te meten en una furgoneta y te llevan a un sitio en el que hay montones de perros con montones de historias diferentes que contar, y que ladran, y gimen, y ponen cara de perrito que sólo quiere mucho amor. Y, como no sabían quién era mi líder de la manada y me pasaban una máquina por el cuello y no salía un número, mamá dijo que si nadie acudía a reclamarme se quedaría conmigo. Y así fue.

Pero si mamá no me hubiese contado esa historia, yo ya me habría imaginado que soy adoptado, porque soy un perro, pero no soy tonto. Y, aunque mamá y yo tenemos muchas cosas en común, siempre he pensado que somos muy diferentes. A mamá no le gusta nada saludar olfateando culos; mear en las esquinas, en los árboles y en la hierba; buscar restos de comidas por el suelo; correr detrás de otros perritos sin parar; dormir un montón de horas seguidas en la camita de la cocina o del salón; perseguir por el pasillo la pelota de tenis o a bam bam, o andar a cuatro patas con el rabo muy erguido. Así que siempre había sospechado algo. 

Y, aunque la tía Marta sí hace alguna de las cosas que no hace mamá, creo que la tía Marta tampoco es mi tía de verdad.

La postal de mamá

Mamá me ha enviado una postal superchula, porque mamá, aunque está lejos, se acuerda mucho de mí, porque formo parte de su manada y ella es mi miembro alfa, pero si no puede llevar a perrito, pues no puede llevar a perrito, y perrito se tiene que quedar con la tía Marta, que también es líder de la manada y le quiere mucho a Argi. Así que mamá me ha enviado una postal superchula, con un árbol enoooorrme en el centro y un tronco más gordo que Argi cuando se come una bolsa entera de bollitos de leche.

Y la tía Marta me ha leído la postal y, aunque no he entendido nada porque soy un perro, me ha echo mucha ilusión, porque decía cosas como árbol, mear, otros perros, sombra y siesta, que no sé muy bien qué significan, pero que seguro que son cosas muy buenas, porque mamá se preocupa mucho por mí.

Mamá se ha ido

Mamá se ha comportado de forma rara últimamente. Solía meterse en la habitación para llenar y vaciar con ropa una maleta enorme en la que cabíamos tres o cuatro Argis como yo. Finalmente, un día dejó de sacar unas cosas y meter otras, y la cerró. Poco después, me acarició mucho y se despidió de mí. Y ya no la he vuelto a ver.

Yo sé que mamá volverá, porque unos días antes se sentó a hablar conmigo. Me dijo que tenía algo importante que contarme. A veces me pregunto si mamá se da cuenta de que soy  un perro y de que no entiendo lo que dice, pero, como no me gusta perturbarla, me quedo mirándola fijamente, como si me ofreciera un trozo de pollo asado que no quiere, y después muevo el rabo de un lado a otro sin parar. Eso le gusta mucho, así que el otro día, cuando me llamó para explicarme no sé qué cosa sobre un viaje, un curso y la tía Marta, fijé mi mirada en sus ojos, moví el rabo y, por la expresión de alivio que puso, creo que se quedó contenta. Yo también me sentí feliz, y moví aún más el rabo, a pesar de que a mamá no se le ocurrió darme ni un trozo de pollo asado ni un mísero pedazo de pan para celebrar ese momento de confidencialidad.

Así que mamá se ha ido, y sé que volverá, y mientras tanto la tía Marta va a cuidar de mí.