El libro de la tía Marta

A veces la tía Marta se comporta como una desequilibrada. Como esta mañana. Como, según parece, hoy no tenía que ir a recaudar dinero para construir parques y jardines, la tía Marta se ha levantado más tarde de lo normal, pero, cuando hemos salido a la calle, no hemos ido directamente al parque de los pises y cacas de las mañanas, sino que hemos andado un montón por un montón de calles con un montón de tiendas. Y la tía Marta ha entrado a ese montón de tiendas en las que no había nada interesante, porque no olía a comida ni a perritos, sino a papel y a tinta, porque quería no-sé-qué-de-un-libro-de-un-diario que ni se come ni nada. Así que, en lugar de hacer pises entre los arbustos, los árboles y la hierba, he marcado mi camino por el asfalto parándome en las esquinas, en los bolardos y en las farolas. Y definitivamente no es lo mismo.

Después de un buen número de idas y venidas, la tía Marta ha debido encontrar lo que buscaba, y se ha puesto muy contenta. Y yo también me he puesto muy contento, porque la tía me ha llevado por fin a un jardín, que no ha sido el parque de los pises y cacas de las mañanas, y así he podido hacer cacas, y olfatear a otros perritos, y mear por todos los rincones como le gusta a todo buen perrito que se precie.

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El señor de los huesos

Esta tarde, en el paseo, la tía Marta se ha sentado en un banco y me ha dejado campar a mis anchas sin chistarme ni una sola vez. Así que primero he olfateado los alrededores del banco donde se ha sentado; luego, me he apostado a su lado, para que viera que soy un buen perrito y que puedo hacerle muy buena compañía; y, después, he saludado a todos los perritos que han pasado cerca de mí y he corrido detrás de ellos de un lado a otro.

Como hacía mucho calor, y yo estaba con la lengua muy fuera, la tía Marta me ha ordenado que la siguiera y se ha sentado en una terraza de un bar, en el que había un bebedero enoooorme a la entrada, estratégicamente situado para que pudiésemos hidratarnos toooodos los perritos del barrio.  Y, como mi lengua cada vez estaba más fuera, la tía Marta me ha señalado el cuenco insistentemente, hasta que yo me he atrevido a beber, porque a mí no me gusta tomar el agua de cuencos que no son míos sin el permiso de mi miembro alfa, ya que algunos perritos se indignan mucho cuando otro perrito utiliza su bebedero.

En la terraza, había un señor humano sentado en la mesa de al lado con otro perrito. Y, como el señor humano me ha saludado, me he acercado a él, moviendo el rabo sin parar, y he dejado que me tocara un montón por el lomo y la cabeza. El señor humano ha sonreído y ha abierto una bolsa de plástico. Como en las bolsas hay comida, yo me he sentado sobre las patitas traseras muy erguido y me he quedado muy quieto, mirándolo con los ojos muy abiertos de pobre perrito abandonado en una gasolinera, para ver si me daba algo. Y el señor humano ha sacado ¡un hueso de galleta o galleta de hueso! Así que me he elevado sobre mis patas traseras y lo he engullido del tirón. Y, cuando lo he acabado, me he sentado otra vez, muy obediente y muy quieto, para ver si se estiraba un poco y me regalaba otro. Entonces, el señor humano me ha observado, sorprendido; ha vuelto la cabeza hacia la tía Marta, que le ha dedicado una sonrisa forzada y un casi inaudible “¡cómo son estos perritos de voraces!”, y no me ha dado otro.

Trabajo en sábado

Hoy ha sido un día muy raro, porque la tía Marta se ha levantado más tarde de lo normal, como hace los días en que no va a recaudar dinero para construir parques y jardines, pero luego ha pasado un montón de horas fuera, como cuando me dice que me quede quieto en la cocina “ahí, ahí”, porque se tiene que ir a trabajar.

Por la mañana, hemos paseado por el parque de los pises y cacas de las mañanas, pero hemos olisqueado muchos más árboles que nunca, y muchos más culitos de perros, y muchos más trozos de hierba. Luego la tía Marta ha atado la correa a una farola y me ha pedido que me sentara, y yo me he sentado porque siempre hago caso al líder de mi manada, y me ha acariciado en la cabeza varias veces y me ha repetido “ahí, ahí, ahí”, señalándome con el dedo, y ha entrado a una tienda y luego ha salido con una cosa en la mano que se llama periódico y con un trozo enorme de pan que olía la mar de bien. Me gusta mucho acompañar a la tía Marta a comprar el pan, porque, si olfateas bien, puedes distinguir desde fuera el olor de los bollos, del pan, de los pasteles y de un montón de cosas más.

Después, la tía Marta me ha llevado a casa, ha hecho su mochila y ha metido un montón de cosas, aunque ninguna era de perrito. Por eso, he seguido a la tía de un lado a otro por toda la casa, para que se acordara de mí y también cogiera mis cosas, pero la tía Marta me ha mirado con ojos muy tristes y muy culpables, y me ha explicado que no podía ser, que hoy perrito se tenía que quedar en casa como un perrito mayor porque la tía se iba a la piscina, y que en la piscina dejan entrar a niños pero no pueden entrar perritos; y que, como hacía calor, estaría mejor en casa, durmiendo en mi camita; y que ella volvería enseguida, en menos de lo que tardo en comerme un hueso de galleta o galleta de hueso. Y la tía me ha mirado otra vez con ojos muy tristes y culpables, y se ha ido.

Pero enseguida ha vuelto la tía. No sé cuánto ha tardado, porque me he quedado dormido en mi camita de Sugus de fresa, pero ha estado guay, porque, como tenía otra vez mirada culpable, hemos paseado un montón por el parque, y me lo he pasado la mar de bien.

Dos paseos en uno

A veces la tía Marta hace cosas muy raras. Como esta tarde. La tía Marta me ha dicho que íbamos a salir a pasear. Así que me ha puesto el collar verde, la correa y ha cogido las bolsas negras de las cacas. Hemos salido del portal, hemos cruzado al jardín y, cuando apenas había hecho un par de pises y había olfateado un culo de perrito, la tía Marta ha empezado a farfullar y me ha llamado muy seria. “Argi, Argi, ven aquí”. Lo gracioso es que la tía estaba muy quieta, sin apenas moverse, y yo me he acercado donde ella, moviendo el rabo sin parar, para ver qué quería. Entonces, ha empezado a revolver en el bolso, sacando cosas y más cosas, y no dejaba de mirarse un pie y repetía una y otra vez que buen momento para que se le rompiera la sandalia, que a ver cómo volvía a casa, que íbamos a montar un buen espectáculo y que tanto bolso para no llevar nada útil encima. Y, como veía que la cosa prometía, me he sentado al lado de la tía muy quieto, observándola con curiosidad y sin moverme nada, porque la tía Marta me había dicho que me quedara “ahí, ahí”.

Después de un rato, la tía Marta ha cogido una bolsa negra de perrito y no me la ha enseñado, como suele hacer cuando quiere que haga cacas de una vez por todas porque se tiene que ir a recaudar dinero para parques y jardines, sino que la ha estirado, como si fuera una cuerda, y se ha atado la sandalia al pie con la bolsa, con una lazada negra en el empeine. Luego, me ha puesto la correa y hemos vuelto a casa, aunque a mí no me ha gustado nada, porque acabábamos de salir y no llevábamos nada en la calle. Así que he ido andando muy lento, para que la tía supiera que yo me quería quedar en el parque y que estaba haciendo cosas muy raras que yo no terminaba de entender. Una vez en casa, la tía Marta se ha quitado las sandalias, se ha puesto unas zapatillas y hemos vuelto a salir. Y no he entendido nada porque, cuando he hecho cacas, la tía Marta ha utilizado la misma bolsa que se había atado en el pie para coger mis cacas. La tía Marta, sin duda alguna, hace cosas muy raras.

Los olvidos de la tía Marta

Hoy he salido de casa a pasear la mar de contento, porque la tía Marta no se ha ido rápido por la mañana, sino que se ha levantado más tarde y ha estado conmigo en casa haciendo cosas, y luego nos hemos ido a la calle. Pero los paseos de hoy han sido diferentes a los de otros días, porque, aunque yo he olfateado como siempre los culos de otros perritos, los árboles,  las farolas, y la hierba, a la tía Marta se le ha olvidado quitarme la correa.

Por eso, cuando ya estábamos en el parque y habíamos paseado un buen trecho y veía que la tía Marta no me soltaba, me he parado y la he mirado muy fijamente, para que se acordara de que, como estábamos en el parque, tenía que dejarme andar a mi aire, para poder husmear bien todos los rincones y buscar restos de comida por el suelo. Pero ella me ha mirado también fijamente y me ha dicho muy seria que eso les pasa a los perritos que no saben comportarse y que engullen todos los restos que se encuentran por la calle, que acaban castigados y paseando atados, y que así debía aprender la lección. Luego, ha tirado un poco de la correa para que yo siguiera andando y para zanjar la discusión. Y yo he reiniciado mi paso todo recto, husmeando bien el suelo, porque seguro que en algún sitio había un trozo de comida esperando mi llegada.

Una sorpresa matutina

Cuando me he despertado esta mañana, he ido corriendo por el pasillo donde la tía Marta moviendo el rabo sin cesar, porque todas las mañanas la tía Marta me saca de casa para hacer pises y cacas, y quería que supiera que ya estaba levantado y listo para salir. Pero la tía, que ya estaba vestida, sólo me ha acariciado un poco la cabeza y el lomo, y ha seguido desayunando muy tranquila, sin mirar el reloj. Y luego ha terminado de prepararse, ha cogido la correa y el collar verde y los ha dejado sobre la mesa de la cocina.

Yo me he puesto muy nervioso, porque a la tía Marta a veces se le olvidan cosas y a lo mejor se le había olvidado que me tenía que llevar al parque, a hacer pises y cacas. Así que, cuando me ha dicho que me sentara en la cama de Sugus de fresa de la cocina y me ha ordenando que me quedara “ahí, ahí, ahí”,  he empezado a gemir muy alto, para que se enterara de que no estaba de acuerdo con que se fuera, porque aún no había salido a la calle.

Entonces la tía se ha puesto en cuclillas y me ha tocado un montón, y me ha hablado muy despacio y con mucho cariño, y me ha explicado unas cosas que no he entendido muy bien sobre la tía Juana, ir de paseo, desayunar y en unos minutos. Y luego se ha ido y yo me he quedado tumbado muy triste sobre la cama de Sugus de fresa, y poco después he oído como un ruido de puerta que se abre,  y creía que era la tía Marta que volvía porque se había acordado de que tenía que sacarme, pero era la tía Juana. Y ha estado guay, porque la tía Juana me ha llevado tooooda la mañana de paseo.

Domingo de baño

Cuando hemos vuelto por la mañana del parque de los pises y las cacas, la tía Marta ha abierto el armario de arriba de la cocina, pero no ha sacado la caja mágica de las sabrosas bolitas que nunca se acaba, sino mi toalla blanca y morada y mi toalla roja. Entonces me ha llevado hasta el cuarto de baño y me ha dicho que debía ser un buen perrito y hacer todo lo que ella me dijera. Y luego me ha quitado el collar verde y el collar para alejar a las pulgas y garrapatas y me ha metido dentro de la bañera.

A mí no me gustan mucho las bañeras, porque cuando están mojadas y hay jabón resbalan como si fuera hielo. Por eso, me he sentado muy  quieto y he intentado no moverme mucho. Tampoco me gusta que me laven, porque después ya no huelo a perrito y me siento muy raro. Pero la tía Marta me ha dicho que no me preocupara, que soy el perrito más bonito del mundo mundial, que me quiere un montón y que no se iba a mover del baño hasta que terminara de asearme.

Así que la tía Marta ha probado el agua en una mano y, después de un buen rato, ha dirigido la alcachofa de la ducha sobre mí. Y me ha mojado entero, tooodo el cuerpo. Luego ha cogido una pastilla de jabón y me ha frotado una y otra vez: las patitas, el lomo, la panza. Y, cuando ha terminado, me ha echado otro buen chorretón de agua por encima. Después, me ha enjabonado de nuevo y, como yo creía que ya había acabado, he saltado rápido de la bañera al suelo y me he sacudido con todas mis ganas. Entonces, la tía ha empezado a gritar, y me ha dicho que aún no habíamos terminado, que me tenía que aclarar la segunda tanda de jabón, que mira cómo había puesto todo el baño, que aquello parecía una piscina, que me había pedido que fuera un buen perrito y que estaba calada hasta los huesos. Y me ha cogido y me ha vuelto a meter a la bañera. Y yo me he quedado allí, quieto, porque no quería enfadar a la tía Marta.

Cuando ya me ha aclarado, la tía me ha sacado de la bañera y me ha secado una y otra vez con las toallas. Y yo me he vuelto a sacudir una y otra vez, y esta vez la tía Marta se ha reído mucho. Pero, como aún no estaba muy seco, la tía ha cogido una cosa que se enchufa y hace mucho ruido y te echa aire caliente y lo ha ido pasando sobre mí, mientras me acariciaba una y otra vez con su mano. Y, como las cosas que se enchufan, echan aire y hacen ruido no me gustan, he metido la cola entre las patas traseras para que la tía supiera que no me hacía nada de gracia su idea. Y luego la tía me ha dicho que ya estaba, me ha dado un hueso y me ha sacado a la calle a pasear para que terminara de secarme al sol.