Perrito feliz

Y vivieron felices y comieron sabrosas bolitas…

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La tía Marta, ese miembro alfa

Ahora que mamá ha regresado, la tía Marta ha abandonado sus funciones de miembro alfa y de líder de la manada. Pero yo sé que siempre podré contar con ella, porque me ha explicado que ella seguirá siendo la tía Marta, y que siempre estará ahí para sacarme a pasear, para acompañarme a olfatear los culitos de otros perritos, para jugar con bam-bam y la pelota de tenis, para darme un buen hueso de galleta o galleta de hueso y para chistarme cuando intente succionar los restos de comida que me tope por la calle. Y es que la tía me ha confesado que le ha encantado convertirse en la líder de la manada de un perrito tan bueno como yo durante todo este tiempo; y que se ha reído mucho conmigo, porque perrito es muy divertido y muy salado; y que no existe en el mundo mayor alegría que llegar a casa y encontrarse a perrito moviendo el rabo sin cesar. 

Y a mí también me ha gustado mucho que la tía Marta fuera mi miembro alfa, porque me ha tocado un montón por todo el cuerpo y me ha dicho cientos de cosas bonitas, porque la tía Marta siempre inventa frases muy bonitas para reforzar mi confianza y mi autoestima, ya que sabe que soy un perrito abandonado en una gasolinera cuya actual mamá se ha marchado fuera unos meses. Además, la tía me ha llevado a pasear, y me ha acompañado al veterinario, y me ha protegido de perritos agresivos y babosos, y me ha llenado mi cuenco con miles de sabrosas bolitas, y me ha permitido dormir en su cama, y tumbarme en el sofá, y se ha preocupado por mí, y me ha bañado con cariño, y ha jugado conmigo, y me ha asesorado con el blog, y muchas cosas más. Por eso yo también quiero que la tía Marta siga siendo la tía Marta y se lo he demostrado lamiéndole un montón las piernas, que sabían a crema hidratante y aftersun. Te quiero mucho, tía Marta.

El perrito aspirador

La tía Marta dice que soy como un aspirador. O mucho mejor, porque el aspirador hay que sacarlo del armario, desenrollar el cable, conectarlo y ponerlo a funcionar. En cambio, yo soy mucho más rápido. Por eso, cuando a la tía se le cae un resto de comida al suelo, me llama muy alto: “Argi, Argi, ven aquí”. Y yo voy muy contento, agitando la cola de un lado a otro, y la tía Marta me señala en el suelo dónde debo atacar, y yo me lanzo, raudo y veloz, por si la tía cambia de opinión.

Entonces pego un lametón en el suelo o abro mucho la boca, y saboreo la comida de la tía. Y a veces encuentro migas de pan, o restos de galletas, o un trocito de zanahoria, o de lechuga, o un chorretón de gazpacho. Y, como me gusta un montón, luego me siento al lado de la tía y aguardo, esperanzado, a que a la tía se le caiga algo más. Y, si no se le cae, la miro con ojos muy tristes, de perrito encontrado en una gasolinera que ha pasado mucha hambre. Y la tía Marta me observa muy divertida, esbozando una sonrisa, y me dice que no sea manipulador, que ya está, que no le doy la más mínima pena y que ya me puedo volver a mi camita a descansar, porque no me va a dar nada más.

 

El libro de la tía Marta

A veces la tía Marta se comporta como una desequilibrada. Como esta mañana. Como, según parece, hoy no tenía que ir a recaudar dinero para construir parques y jardines, la tía Marta se ha levantado más tarde de lo normal, pero, cuando hemos salido a la calle, no hemos ido directamente al parque de los pises y cacas de las mañanas, sino que hemos andado un montón por un montón de calles con un montón de tiendas. Y la tía Marta ha entrado a ese montón de tiendas en las que no había nada interesante, porque no olía a comida ni a perritos, sino a papel y a tinta, porque quería no-sé-qué-de-un-libro-de-un-diario que ni se come ni nada. Así que, en lugar de hacer pises entre los arbustos, los árboles y la hierba, he marcado mi camino por el asfalto parándome en las esquinas, en los bolardos y en las farolas. Y definitivamente no es lo mismo.

Después de un buen número de idas y venidas, la tía Marta ha debido encontrar lo que buscaba, y se ha puesto muy contenta. Y yo también me he puesto muy contento, porque la tía me ha llevado por fin a un jardín, que no ha sido el parque de los pises y cacas de las mañanas, y así he podido hacer cacas, y olfatear a otros perritos, y mear por todos los rincones como le gusta a todo buen perrito que se precie.

Mi otro yo

Esta tarde, en el parque que no es el parque de los pises y cacas de las mañanas, me he encontrado con un perrito tan pequeño como yo, paseado por un miembro alfa muy mayor. Y el miembro alfa muy mayor me ha mirado muy fijamente, y ha mirado muy fijamente a su perrito, y ha mirado muy fijamente a la tía, y luego se ha reído mucho y ha exclamado que su perrito y yo parecíamos hermanos. Y yo me he quedado muy quieto, por si el perrito que parecía mi hermano quería acercarse a mí, a olerme el trasero, pero el perrito que parecía mi hermano no se ha movido y se ha mantenido muy erguido, desafiante.

Entonces, he movido un poco el rabo para que viera que yo soy un buen perrito, que no me gusta nada dominar a otros perritos y que podía husmearme el culo tranquilamente, porque a mí me gusta mucho hacer amigos y no me agradan para nada las peleas ni las provocaciones. Pero el perrito que parecía mi hermano no se ha inmutado y ha continuado desafiándome, todo tenso, y yo he notado cómo se me erizaba el pelo del lomo, y cómo se me doblaban las orejas hacia adelante, y cómo mi cara adoptaba un rictus de “vámonos de aquí, tía Marta, que éste busca problemas”. Y la tía me ha mirado fijamente, ha mirado fijamente al perrito que parecía mi hermano, ha mirado fijamente al miembro alfa mayor que lo paseaba, y le ha respondido que sí, que tenían un aire, y nos hemos ido de allí muy rápido, porque, como me ha dicho luego la tía, ese perrito, aunque tuviese una carita muy parecida a la mía, no era para nada como yo.

Trabajo en sábado

Hoy ha sido un día muy raro, porque la tía Marta se ha levantado más tarde de lo normal, como hace los días en que no va a recaudar dinero para construir parques y jardines, pero luego ha pasado un montón de horas fuera, como cuando me dice que me quede quieto en la cocina “ahí, ahí”, porque se tiene que ir a trabajar.

Por la mañana, hemos paseado por el parque de los pises y cacas de las mañanas, pero hemos olisqueado muchos más árboles que nunca, y muchos más culitos de perros, y muchos más trozos de hierba. Luego la tía Marta ha atado la correa a una farola y me ha pedido que me sentara, y yo me he sentado porque siempre hago caso al líder de mi manada, y me ha acariciado en la cabeza varias veces y me ha repetido “ahí, ahí, ahí”, señalándome con el dedo, y ha entrado a una tienda y luego ha salido con una cosa en la mano que se llama periódico y con un trozo enorme de pan que olía la mar de bien. Me gusta mucho acompañar a la tía Marta a comprar el pan, porque, si olfateas bien, puedes distinguir desde fuera el olor de los bollos, del pan, de los pasteles y de un montón de cosas más.

Después, la tía Marta me ha llevado a casa, ha hecho su mochila y ha metido un montón de cosas, aunque ninguna era de perrito. Por eso, he seguido a la tía de un lado a otro por toda la casa, para que se acordara de mí y también cogiera mis cosas, pero la tía Marta me ha mirado con ojos muy tristes y muy culpables, y me ha explicado que no podía ser, que hoy perrito se tenía que quedar en casa como un perrito mayor porque la tía se iba a la piscina, y que en la piscina dejan entrar a niños pero no pueden entrar perritos; y que, como hacía calor, estaría mejor en casa, durmiendo en mi camita; y que ella volvería enseguida, en menos de lo que tardo en comerme un hueso de galleta o galleta de hueso. Y la tía me ha mirado otra vez con ojos muy tristes y culpables, y se ha ido.

Pero enseguida ha vuelto la tía. No sé cuánto ha tardado, porque me he quedado dormido en mi camita de Sugus de fresa, pero ha estado guay, porque, como tenía otra vez mirada culpable, hemos paseado un montón por el parque, y me lo he pasado la mar de bien.

Excitando a perrito

Cuando hemos vuelto a casa esta tarde, después del paseo, he subido corriendo las escaleras del portal moviendo el rabo sin parar y la tía Marta ha venido detrás de mí, corriendo, y me ha dicho que soy muy buen perrito, el perrito más bueno del mundo mundial, y me ha tocado un montón mientras me quitaba la correa y el collar. Luego, ha abierto la puerta de casa y ha entrado corriendo por el pasillo, y yo la he seguido la mar de contento, corriendo de un lado a otro. Entonces, ha olfateado por toooodas las habitaciones, y yo también he husmeado por toooodas las habitaciones, y ha salido corriendo hacia la cocina, y yo he ido detrás la mar de contento, porque me gusta un montón jugar con la tía Marta. Y mientras corría de un lado a otro, la tía Marta decía “bo-li-tas, bo-li-tas, bo-li-tas”, y yo sabía que eran bolitas porque se ha plantado enfrente del armario de la cocina donde guarda la caja mágica de sabrosas bolitas que nunca se acaban.

Después, ha sacado la caja, la ha abierto y me ha preguntado qué perrito bonito quería sabrosas bolitas. Y yo me he excitado un montón, y he empezado a dar vueltas sobre mí mismo, y he saltado hacia arriba, y he correteado un poco, hasta que la tía Marta ha sacado una bolita y me la ha puesto a la altura de los ojos pero muy arriba. Y yo me he sentado y me he quedado muy quieto, con los ojos muy fuera, y como la mano de la tía Marta con la bolita no bajaba, he saltado una vez, y luego otra, y otra más hasta que he cogido la bolita con la boca. Y la tía Marta se ha reído mucho, y me ha puesto un montón de bolitas en el cuenco y me las he comido todas.